¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

martes, 5 de julio de 2022

Departamento vacío

 

Antes de que sean las tres de la tarde

voy a descubrir que estoy solo

y que un departamento sigue vacío

aunque yo esté allí.

 

Mañana, cuando despierte,

voy a pensar que nada es tan terrible

por unos instantes y después

voy a calcular

cuán ridícula sería la muerte.

 

No voy a matarme

porque prefiero retrasar mis asuntos pendientes

pero voy a pensar mucho en ello

del mismo modo que uno piensa en cambiar su vida

o renunciar al trabajo.

 

Y después, un día cualquiera

voy a conocer a una mujer

o a una chica

y voy a pensar

quizás pueda vivir un poco más.

 

Pero pasado mañana, cuando despierte

voy a descubrir que todo sí es tan terrible

pero la muerte es la nada y es peor

que este departamento,

vacío.

miércoles, 24 de junio de 2015

Viejas Malditas

 Los muchachos no creen en las cosas que anduvieron escuchando los últimos días. Un limonero o cualquier otro árbol frutal o cítrico no sorprendería a nadie. Si la mayoría ya sabe de las viejas esas perversas que aprovechan cualquier centímetro escondido en la ciudad para ir y ¡PAM!, plantar la semillita. A los cabos al principio no les parecía nada preocupante, vandalismo extravagante, una moda que ya iba a pasar, como todas. Pero después las viejas habían empezado a hablar entre ellas y hasta a armar pequeños clubes. Las viejas perversas, a la larga el gobierno de la ciudad tuvo que intervenir, hacer declaraciones, llamar a algunos policías de más, asegurar estar detrás de la pista clave que los llevaría de una buena vez por todas a encarcelar por un tiempo a las viejas perversas. Con sus años, era lo mismo condenarlas a muerte, ninguna más vería otra vez la luz del día libre.
Habrán pasado ya unas tres semanas. El gobierno ya no sale tanto a hablar, pero limoneros y las otras cosas violetas siguen habiendo. Cemento se puede tirar, y se tira, pero es barato y no dura mucho, a los pocos días ya está mete que nacer la maldita semillita. Echa esas raíces gigantescas, duras como un pedazo gigante de madera. Y las raíces rompen todavía más y más cemento. Y meta machete, veneno y a veces hasta fuego. Y cae el maldito árbol solamente para que tres días después empiece a asomar alguna cabecita verde que parece de lo más inocente pero que ni bien te das vuelta ¡PAM!, quince metros de raíz dañina y traicionera.
Lo de esta vez es, sinceramente, pasmoso. Algunos escuchamos, no somos todos tan jóvenes, que en otra época hacíamos ciudades enteras con toda esa mugre, que incluso vivíamos con la mugre. Cabecitas verdes, cabecitas verdes cuidadas, alentadas a traicionar, algunas incluso saludadas, como si fuera uno más. Entonces claro que nos preguntamos si esas viejas tienen algo que ver, si serán ellas las descendientes satánicas de alguna malsana y terrorífica costumbre de alentar el crecimiento virulento de esa plaga espantosa. Brujas son, brujas tienen que ser porque no hay una explicación posible que nos solucione lo de hoy, que nos permita entender los horrores que nos toca vivir. Entre dos edificios, para peor. Había quedado un espacio disponible algunos días atrás, y por supuesto que el lugar estaba bien custodiado y se esperaba que todo estuviera listo en cuestión de horas, esta mañana. Pero ni custodios, ni policías, ni el nuevo edificio ya casi listo. Todo en vano, todo al pedo. Como si fueramos a tener que acostumbrarnos a vivir así, sobreviviendo, sin los tubos en la espalda, sin trajes, sin antifaz, sin máscaras. Las mediciones asustan cada vez más a los funcionarios y algunos precavidos ya están buscando trabajo en otras partes, pero no quieren entender que no es solamente acá, en esta ciudad, que la peste azota prácticamente todas las ciudades. Que hasta ya han visto en distintas partes algunas viejas perversar sin los tubos, con una mueca burlona, desnudas frente al mundo.
No somos todos tan jóvenes, y esas cosas las escuchamos, prestamos atención. Pero una cosa son los rumores, los chismes, otra cosa es levantarse a la mañana, salir a mirar por la ventana y ver eso. Ahí nomás arranca la desesperación, ataque de pánico lo llaman, y sentir que los tubos apretan, que el antifaz arranca pedazos de piel, que la máscara empieza a bailar, mojada por el sudor, y que debajo del traje se empieza a sentir frío, frío y húmedo. ¿Qué puede hacer uno cuando todo lo que es se desmorona entre gotas frías de sudor? Se tiran, los pobres malditos, se tiran desde un primer piso o desde un piso cincuenta y tres, pero se tiran y se rompen el alma. ¡Muertos antes que involucionados!
Tienen que ser brujas las viejas malditas, son brujas que sino no se explica. Que frente a la escena del crimen los cabos apenas si pueden mantenerse en pie, que tienen que darse vuelta y pensar fuerte en otra cosa porque sino ahí nomás les da ganas de tirarse y aún estando al nivel del suelo se romperían el alma. Y hoy las mediciones son secretas, y uno piensa si está bien que no larguen las cifras para evitar el pánico o si generan más pánico estándose tan calladitos.

Y caminan las viejas malditas nomás, agarradas de las manos desnudas, sin los tanques, fingiendo que disfrutan todo ese ritual perverso. Son brujas las viejas perversas, si hasta uno les llega a creer que no están sufriendo. Mientras todos los demás miramos con terror las cifras de dióxido de carbono que bajan cada vez más y empezamos a sentir que por los tubos se empieza a escapar el óxigeno que aumenta en la ciudad a pasos agigantados. Las viejas agarradas de las manos desnudas y de fondo el escenario grotesco, cien metros cuadrados de árboles, plantas como garras, hojas verde vómito. Y en la base, coronando el horror, el manto oscuro, el verdor del pasto combinado con la sangre y los cráneos de todos los que se tuvieron que tirar, porque los niveles de dióxido de carbono bajan cada vez más.  

jueves, 2 de enero de 2014

Espejo

En mi escritorio guardo un espacio
en el que entran tres paredes,
un cigarrillo de marihuana, una copa de vino, cuatro estrellas aleatorias,
los recuerdos de un tiempo iletrado, el futuro de las páginas con olor a viejo,
vos.

El ritual es sano porque depura pero
sobre todo porque permite recordar.
En un escritorio duermen despiertos los insolentes,
la historia viva del despertar.

Tengo, cuando me fijo, cuatro paredes,
un marco gastado, un ligero olor a España y a deja vú.
Elijo, entre tanto objeto obsoleto, explotar una por una
sus cualidades.

Permito que mi cuerpo ruede de un lado al otro
entre las sábanas que apestan a comodidad.
Y entre mis ojos ya caigo en cuenta
de cierta luz que se desprende.

Veo en espejo las letras, las únicas letras que
para mí alguna vez fueron palabra.
Golpeo con violencia filial los conceptos
de labor, estudio, vagancia y maternidad.

Atraviesa -como por arte de sardónico destino- un haz de luz
la mitad exactamente simétrica de mi cama que
es tuya.

Y- entiendo- la luz no es capricho sino
destino, divinidad opiácea.

Crujen los pisos.

Desde el colchón de hojas secas surge el gemido.
Los hombres ya no son lo que quisieran ser.
Viven fatigados de tanta ilusión incumplida,
de tanto trajín falsamente insomne.

Ya no sueño con tres paredes de marihuana.
Y da igual el momento de la copa.
El sueño es uno y nada.

El sueño, revela el insomnio, yace en tu cama.  

jueves, 5 de septiembre de 2013

Deus ex machina

No siempre me asustaron las mujeres.
A veces, hace mucho, las mujeres eran las únicas
que me hacían sentir cómodo, del mismo modo que
los adultos me fascinaban.

Toda mi vida sostuve un pacto
secreto que me unía a los viejos y
a las mujeres,
toda la vida.

Paradójicamente me asustaban las mujeres
viejas y envejecer.
Paradójicamente hoy me asusta envejecer y
dejar de amar a una mujer.

Yo no quiero envejecer en una casa repleta de risas infantiles ni
pasar todas mis tardes decidiendo qué frase moralizante será la mejor
para educar a unos niños
perfectos en su inicial y fugaz inocencia cultural.

Sólo quiero tres mil tardes, quizás más,
en un parque, en mi jardín, en el pasto;
riéndome de la dulce paradoja de ser
viejo y no envejecer.

Que mis dientes caigan muertos en picada
que tus labios se remojen en mi nunca gastada
saliva.
Que el silencio sea sólo necesario en las horas de dormir.

Yo no quiero que la vida ordinaria me consuma
estas ganas de reír que se me escapan
ni unos ojos que se cansan de mirar desde tu espalda
al nacimiento de tus pechos.

Sólo quiero que tus circularmente perfecto pezones sean
mi laguna preferida y que sean un misterio
aún después de las tres mil tardes y los dientes
que se caen en picada.

Sólo quiero que la vida le huya al nombre y que nunca
pero nunca, dé por supuesto lo impredecible.
Que el sin porqué sea incógnita y me desvele
no saber si volveré a ver el marrón de sus pezones.

Yo no quiero que el sexo sea dado por hecho
ni que el coño sea un deus ex machina.
Yo prefiero que tus labios carnosos, de la boca a la vagina,
me sorprendan cada día.

Sólo quiero que la historia sea predecible
en un aspecto tan básico como el transcurrir.
Todo lo demás, las peleas y los gritos, no me preocupan.
Mientras sepa que al final del del día sólo será

mis dientes cayendo en picada y tus labios bebiendo mi saliva.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Mentes

Pero no están en la ciudad los lugares comunes. Ni en el invierno de mujeres ni en mis dedos congelados por el frío. Ahora lo sé, lo sé porque estoy en el lugar. Pequeño paraíso doméstico. Ya lo siento aflorar desde el centro mismo de mi pecho. Sueño eternamente entre paredes que por una suerte de broma arquitectónica son cinco y no cuatro. Si fuera algunos años más viejo, si fuera algunos años más joven. ¿Qué voy a hacer entonces cuando la mañana destroce con su incandescencia reflejándose en una botella verde de vidrio y golpee el humo enquistado en mis paredes? Retrasar hasta el finito infinito el despertar. Hago la cuenta semi dormido. Quedan algo así como setenta y cinco despertares en esta cama, en estas cinco paredes. Setenta y cinco despertares son ciento doce horas semi conciente. Puedo ver los números en mi cabeza, pero quizás mi lógica invencible no cuenta con el factor sueño. Ciento doce horas de arrepentimientos y de promesas vacías. Las peores, las que uno se hace a sí mismo. No, en la ciudad no están los lugares comunes. La ciudad es el transcurso. El trayecto entre el colectivo y el trabajo, entre la promesa y el incumplimiento. Aunque es falso, en parte. Porque también sueño en el colectivo. No sueño cuando hablo, cuando busco trasmitir sensaciones intrasmisibles a mentes que duermen y no sueñan. Pero no sueño a la vuelta, no sueño porque el verdadero ejercicio está próximo. Y llega. Siempre llega el sueño. Y lo alimento al muy infeliz. Lo alimento de sueños ajenos, de expresiones que no son mías y que envidio hasta morir verde. Verde como la botella, verde y gris como las yemas de mis dedos. Aparece imprevistamente, escondido en un rincón de este cuarto en el cual aún me quedan setenta y cuatro días, ciento once horas y quince minutos. Lo alimento de notas y frustraciones. ¡Ah! Y si quieren venir, que vengan- grito riéndome- les presentaremos batalla. Pero no, algunos alimentos son peligrosos. Y el crece, crece en base a cualquier cosa. Crece gracias a una pequeña mente que ayer me ha dicho que el único camino es la revolución. Crece gracias a un espacio cedido por la dirección nacional electoral y por una película en la que un niño huérfano conoce el amor gracias a un perro. Y sufro porque sé que hoy no duermo. El sueño no va a dejarme. Pero siempre despierto. Siempre puntualmente entre las diez y las once y media de la mañana. Y volver a viajar, volver a sentarse detrás del escritorio, delante del pizarrón y de la mente pequeña. Hasta que una mente pequeña intrépida y hermosa me dice que la única solución es la revolución. Y me río por haber aprendido tanta ignorancia. Me río y quiero gritar- aunque la mente pequeña no entienda- que si quieren venir, que vengan.

jueves, 14 de marzo de 2013

Ramificaciones


Jugamos con la idea y yo estoy perdido desde un comienzo sin saberlo. ¿Quién diría que tu fuerte son las lecturas? Salir, tomar y desarmar, hasta el infinitivo. Todas las noches busco la cadencia, todas las noches. Y si me encuentro caminando en tu abrazo amoroso descubro el ritmo inaprensible. Soy hijo del hombre, y mi carne sangra. Me sueño desnudo, pero qué importa. La corporeidad también es ritmo. Y mis dedos se agitan al compás, y mi mente reproduce desde su más absoluta inmovilidad cada sentido realzado en cada circunstancia específica. Si escucho una cuerda la hago sonar, como si la intertextualidad no fuera un fenómeno meramente literario, como si la teoría interpretativa de la literatura pudiera expanderse a todos los fenómenos de nuestras vidas. Transformo sin saberlo y lo disfruto. Me fusiono en ese flujo de sensaciones que aparenta una unidireccionalidad absolutamente falsa. Somos uno, quizás ese sea el secreto mejor guardado de la existencia. Y entonces entiendo la exigida capacidad de sentir en lo más profundo cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Y entonces entiendo que justamente, por estar en medio del tarro, nos vemos obligados a ser conscientes de todo lo bello y de todo lo trágico que este mundo nos brinda. Debemos cargar con la culpa de no ser mejores de lo que deseamos y al mismo tiempo apuntar a no aguantar la mediocridad.
Y en ese lugar entra el arte, se filtra impetuosamente entre nuestras venas clasistas y nos obliga a mirar, a descubrir, a sentir por encima de cualquier otra cosa. Una canción alimenta mis palabras y mis dedos sienten el ritmo, no es necesario siquiera mirar, no es necesario entender ni detenerse a buscar una interpretación adecuada. Nos conectamos en todos los niveles que permitimos. Intentamos refugiarnos detrás de banalidades y distracciones pero en aquellos hombres condenados la banalidad no tiene más que una transitoria y poco efectiva repercusión.
Somos los dementes del siglo, de cualquier siglo. Somos la genealogía milenaria y sectaria de aquellos que nos reinventamos en cada gesto, cada mirada inquisidora, cada reproche social. Y entonces las excusas no nos bastan, por más que así lo quisiéramos. Un impulso primordial nos obliga a continuar en esa dirección. A dejar de lado cualquier tipo de sojuzgamiento y buscar aquellas notas musicales que nos arrastran en un pentagrama espiralado e infinitivo. A fin de cuenta, nuestro tiempo es el de los absolutos y un accidente gramatical no puede determinarnos. Atacar los preconceptos, rescatar lo bello. Morir no es más que un apodo para la aberrante improductividad artística. Y somos locos, y nos gusta. Y gritamos enfervorizados, nos contradecimos y vitoreamos a las personas equivocadas en los momentos menos oportunos. Somos hijos del hombre, hijos de la revolución natural más grande de todos nuestros tiempos.
Encontrar en un pecho el arte curvilíneo del deseo junto con su melodía exacta. Mirar a los ojos realmente. Jactarse de ser un loco, un enfermo, un revolucionario. Y ser tildados de inconstantes o, mejor aún, de anacrónicos. Recoger todos los legados para reconfirmar nuestra carencia absoluta de alguno. Emocionarse hasta las lágrimas curvilíneas por una sucesión de palabras correctamente articuladas. Querer reproducir a la perfección un ritual ancestral, repetir hasta el cansancio una frase que ha quedado flotando en nuestras venas clasistas.
Y quizás no logremos nada, quizás nuestra carencia de legado nos condene irreversiblemente a destacarnos de vez en cuando por una genialidad individual. ¿Pero qué importa si sólo recuerdan de vez en vez a Cortázar o al Che? ¿Qué importa, si logramos, como sujetos, encontrar en ellos la definición absoluta y atemporal de nuestro único deseo y objetivo? La muerte tampoco es un absoluto, sino seríamos mortalmente inmortales. Y el milagro secreto es, a fin de cuentas, la repetición ad eternum de una melodía en LA menor.

lunes, 4 de marzo de 2013

Habitaciones


No encuentro las palabras que preciso, y entonces siento que por una sola vez, por una sola tarde, es necesario realizar el movimiento inverso. Ir de lo más pequeño a lo más grande, dejar las palabras mayores para quienes pueden manejarlas y dejar que comiencen primero mis cuatro paredes, casi como un susurro. Reniego de esa concepción que entiende la pasión como nociva y me convierto en el ser más sectario de mi cuarto, también en el único. Recuento todas mis habitaciones, y por cada una procuro retener un recuerdo.
Quizás por ósmosis o inmediatez recuerdo la habitación más deseada, la que perteneció vedada por mucho más tiempo que otras. Recuerdo los escalones y la baranda de madera, los motivos femeninos y la imperfecta impresión de estar en el lugar menos adecuado en el momento más adecuado. La opresión de los muros rojos y el palpitar agitado. Recuerdo haber buscado, también en esa ocasión, las palabras precisas. Se ovillaban al costado del fantasma de un gato blanco, caían insuficientes como gotas que anticipan una lluvia demasiado retrasada. El peso de mi cuerpo sentado sobre la colcha azul de la cama, dos pesos y unas míseras gotas. Volver a mi verdadera habitación o morir bajo la presión abrumadora de las palabras que entonces ya se relamían, caminando por el otro extremo de la calma. Recuerdo haber vuelto mentalmente y el deseo absurdo de la noche interminable, del milagro secreto. La interpretación constante de personajes ajenos y la idea estúpida de coger de una buena vez para poder escribir acerca de ello. La incomodidad y los pezones descubiertos. El sexo poco hollywodense, un sabor a té tibio con limón que exhalaba de sus labios. La certeza de que cualquier bebida sabe mejor cuando otros labios la sirven. Recuerdo los labios alcanzados y los inalcanzables, saber que siempre sería peor persona que personaje. Y las paredes gritando, el fantasma del gato que se niega a la muerte y camina, zizagueando, buscando un hálito que no encontrará en ningún rincón del cuarto rojo. Las entrañas palpitantes y rojas que bien podrían ser vida como también muerte. El soneto a las vísceras que da cuenta, quizás, de uno de los fenómenos más interesantes de nuestra vida de habitaciones.
Afeito mi mejilla derecha, frente al espejo repito mi nombre y suena raro, cada vez que lo pronuncio. Una escalera de hierro me separa de mi lugar en el mundo. A fin de cuentas nuestras vidas no son más que momentos en grandes y pequeñas habitaciones. E idolatro a la más pequeña, más que a nada en el mundo. Puedo nombrar cada ritmo, cada paso y cada olor que atravesó esa escalera para entrar, impetuosamente en mi universo sectario y personal. Puedo dar cuenta de cada pelo y cada colilla guardados, cuidadosamente, en mi biblioteca con fondo falso. No me gusta afeitarme toda la barba, me vuelvo más irreconocible y temo perderme en la escalera de hierro o, peor aún, que las paredes repintadas de mi cuarto me rechacen atemorizadas. Ya bastante debe costarles reconocerme. Yo era un niño, y deseaba todas las habitaciones menos la mía, pero ella siempre me lo ha perdonado. Ha absorbido cada lágrima ajena y cada golpe violento contra su estructura. La mejilla izquierda, quizás por efecto de mis constantes distracciones, ha quedado un poco despareja.
Si se presta atención uno puede descubrir que las pupilas y los iris son el lugar perfecto para reencontrarse con un falso pero reconfortante sentido de identidad. Separadas son prácticamente la nada misma, pero juntas constituyen un mapa exacto, un tatuaje de nuestro nombre marcado a fuego. No es necesario engañarse buscando un nombre que nunca va a identificarnos, no es necesario repetir frustradamente una atribución propia que se nos ha dado al nacer sino buscar en ellos. Y sólo así uno logra no sentirse raro, como cuando uno entra, por la noche, a la habitación pequeña.
Y recuerdo ahora incluso una tercera habitación pequeña, algo casi tan reconfortante como saber que en Rayuela la palabra “amor” no aparece la cantidad de veces necesarias para definir ese concepto sino que es sustituida por la noción de matar y renacer, como el fénix. Y la tercera habitación no tiene paredes rojas ni cadencia. En su pequeñez estructural alberga mi aleph personal y sectario, todas las habitaciones que me han contenido. Y su escalera de madera y hierro cruje cuando desde el patio de azulejos celestes sube el hálito vedado al gato fantasma. Y él se siente por primera vez deseado, porque otros labios se lo han servido. Alguien golpea pesadamente la puerta de madera y los vidrios tiemblan, y es grato saber que no es una biblia quien golpea, porque entre sus páginas la palabra “amor” aparece doscientas diez y siete veces. Nadie con tal incapacidad para encontrar las palabras precisas, ovilladas al costado de un gato fantasma, podría encontrar mi cuarto. No existen definiciones perfectas ni palabras exactas, es cierto. Pero en mi cuarto, en la tercera habitación pequeña, tal acumulación de una sola palabra solo puedo ser sinónimo de una de las pocas ideas que no ha logrado distraerme. ¡Mentira! Tu ausencia de variedad lingüística sólo puede personificar la mentira. Y no me gustan los personajes.
Y entonces entiendo, casi fatídicamente para mi escritura, que el fénix también debe ser una mentira y que el concepto principal de Rayuela puede nacer de otra mentira, la más grande que ha existido. Quizás no debiera preocuparme tanto, quizás Jesucristo sólo ha muerto, sólo entonces el fénix de Cortázar podría ser real, como mi gato que me besa y exhala, desde sus labios y su lengua renegrecida el dulce y ácido hálito del té tibio con limón.

lunes, 1 de octubre de 2012

Imperio erótico.

 -No estás viendo la cuestión de fondo, no todo amor es erótico, como no todo preso es político.
-Más bien es a la inversa, pelotudo, todo amor es político y todo preso es erótico.
Pero claro, qué iba a saber Martín de amores y políticas si nunca había sentido en las bifurcaciones mismas de la carne el súbito penetrar carnoso de la política.
-Te estás poniendo medio maraca- me advirtió.
Me quedé callado, en eso tenía razón. Pero estaba empeñado en demostrar mi punto. Lo sentía desde lo más torrentoso de mis venas, desde mi agrietada garganta.
-Pero, pongamos por caso, que amo a una mujer, más allá (si es posible) de toda genitalidad o socialidad sexual, entonces el erotismo pasaría a otro plano. Supongamos que amo a una mujer, que me gustan sus ojos, su cuello blanquecino e incluso su modo de enojarse. Supongamos que se llama María, o Martina, o algo similar. Y supongamos, por último, que cada vez antes de cojer Maria-Martina-similar se enoje conmigo por mis inclinaciones políticas. Cómo resistirme al deseo irrefrenable de volverla políticamente mía, de hacerla presa del erotismo y hacerle el amor con mi pija cargada de política, entonces mi caso aplicaría a la perfección.
-No me parece, porque a fin de cuentas apelas a la penetración como militancia política, y sigue siendo homosexual.
Maldije por lo bajo, ¿Sería realmente homosexual el erotismo de la política? ¿Estaría condenado a una vida heterosexualmente a-política con todo lo que eso acarreaba? Martín continuó con su argumento avasallador.
-Está más que claro, si te fijas en los ejemplos eróticos, y si recurrimos al ejercicio de la política democrática histórica vas a encontrar en sus orígenes a una muchedumbre de ciudadanos romanos rigiendo el destino de un imperio republicano con túnicas demasiado apretadas y sin ropa interior. Bruto clavó al César, ese fue el (re)comienzo de la república. Y lo que es más, la república volvió con una gran orgía, varios hombres en túnica clavando al Imperator.
-No inventes palabras.
-Bueno, pero entendés el punto. Si bien el erotismo es político, sólo lo es entre hombres, porque la política está restringida desde su origen a los hombres. Y no se toman a la ligera esa restricción. Sólo entre hombres políticos se pueden cojer, nunca vas a hacerle el amor político a ninguna mujer.
-¿Aceptás que el ejercicio pleno de la política es razón y deseo?
-Acepto.
-Entonces aceptemos que, por más que suene medio lelo, existe una pequeña diferencia entre hacer el amor y cojer, que no son exclusivas, pero que se pueden diferenciar. Es decir, si bien hacer el amor no excluye cojer si puede ser a la inversa, cojer no siempre conlleva hacer el amor. Si ponemos por caso que estoy enamorado de mi María-Martina-similar, yo puedo libremente hacerle el amor y cojer, pero no sólo cojer, excepto que no la ame.
-Acepto.
-Con la política sucede lo mismo, puede ser sólo cojer, más como una paja ideológica que busca complacer sólo a uno mismo o puede ser las dos cosas, algo que además del placer propio busca otro elemento, una suerte de trascendencia, un estímulo dirigido al otro, al pueblo, a María-Martina-similar. Algunos de nuestros líderes políticos hablan frente a una multitud y es como si simplemente se estuvieran masturbando frente a la vista de una audiencia sensual completamente desnuda, un rebaño de ciudadanos con las piernas abiertas y las aberturas dispuestas. Y después están los líderes políticos que le hacen el amor a los ciudadanos, que se baja del estrado y comparte esa orgía política donde todo es placer y amor, donde todos tienen las piernas abiertas y no es uno solo el que se limita a rellenar con carne política culos y conchas. Así es mi amor por María-Martina-similar. Yo me entrelazo con María, me gusta recorrer todo su cuerpo como si fuera una geografía anatómica que me complace no sólo cuando estoy dentro de ella sino cuando la siento temblar, arder en deseo, querer tanto como yo ese segundo indómito de carnes políticas presas del erotismo. Quizás no puedas entenderlo porque al día de hoy no conociste a ningún pueblo, a ninguna mujer que te de más de una burda erección. A veces pienso que sos la materia, el elemento político, la estructura movilizadora, pero careces de ese otro elemento que le permite a uno dudar de cualquier argumento y dejarse llevar por la pasión desenfrenada del pueblo, del pecho izquierdo de María apretándose contra un codo ligeramente arrugado.
Martín se quedó callado, quizás había sido demasiado duro con él, pero necesitaba comprender de una buena vez por todas que la cuestión genérica en la política y en el sexo era demasiado compleja como para reducirse a criterios de hetero y homo. Me levanté de la silla y lo dejé solo con sus lamentos internos, pero sin preocuparme, quizás algún día conozca a esa María-Martina-similar que a mi me hace estremecer al punto de gritar en cada embate, así como el César, preso del delirio erótico que suponía aquel delicioso asesinato, le había gritado a Bruto, aunque los historiadores lo hayan interpretado erróneamente: "Bruto, tú también". El César no reprochaba al tierno Bruto, sólo le rogaba que se uniera a aquella orgía deliciosa asestando nuevamente el puñal del erotismo.

jueves, 11 de agosto de 2011

De vez en cuando reorganizo los espacios del pasado, la limpieza mensual de mi cuarto lo reclama. Sacudo libros polvorientos y arranco la puerta secreta que esconde los vestigios de muchas historia insistentes que se esconden cordialmente cuando entrás a mi cuarto. En la caja de madera con la inscripción ABRA todavia conservo las colillas de su tabaco rubio. En la esquina, entre discos, encuentro su compilado. Escondida entre los libros de auto ayuda está su foto de pequeña, fea como ninguna. Una pulsera infantil me recuerda que amor muchas veces es estúpido o nisiquiera es amor. En mi cuarto sólo quedan vestigios de amor caduco, e n mi cuarto sólo quedan aburridas añoranzas de tiempos peores. En mi cuarto, en la puerta, se perfilan tus orejas. En mi cuarto, en la puerta, oigo pasos de una chica que no baja sino sube. Son tus pasos, no los suyos, son tus aros, no los suyos. Acompasan mis zapatos tu subida. Y si río soy sincero, y si grito soy grotesco. No me mires con tu cara de desprecio, no atravieses mis palabras con tus ojos. Yo te extraño en cada noche, yo te veo en cada historia, no comprendo la memoria que insistente me demora. En mi cuarto mis paredes gritan noche. En mi cuarto, escondida en mi frazada, me desarma una mirada que es presente y que me duele.
      Es que el cuarto está escindido entre puertas y paredes, es que el cuarto me recuerda que un día fueron mías las mujeres que vinieron. Presente de puertas, pasado de concreto, el único escape posible está en el armario, punto intermedio. Quiero quererte, quiero. Tengo que pintar mi cuarto, antes de que sea tarde.

martes, 5 de julio de 2011

A veces.

Acá, allá, me gusta, me gusta. Intervalo de una semana agitada, toca acostarse tres horas y no hacer nada, quizás mover el dedo índice para acariciarte un poco la espalda. Cortázar, en el capítulo 7 (el único capítulo que existe), dibuja una boca con su dedo. Yo siento que vivo una película, que ese dedo índice, esa lengua girando, girando, girando, no es más que el esbozo de un sueño que inexorablemente tiene que terminar, AHORA. No, todavía no, todavía quedan veinte minutos de sueño. A los quince saltás de la cama, un ruido en el techo, o quizás sea el amanecer. Me robaste cinco minutos de sueño, volvé a la cama, querés. No puedo, lo extraño. ¿A quién? A él, a él. No puedo reterner por mis propios medios, pero llueve, llueve aunque sean las siete de la mañana de un sábado. En Europa llovía todo el tiempo, pero nunca nevaba, nunca. La nieve, ahí está la clave, si logro traerla puedo dormir mis cinco minutos. Francisco, Francisco. Qué, qué. Nieva, nieva. No puede estar nevando, vos ya te fuiste. No, estoy acá, nieva, nieva. Son las ocho y ocho, quedan dos minutos. Hoy no quiero trabajar, qué genial que sea sábado. Igual tengo miedo, miedo de aburrirme, de tener cincuenta años en un instante, leer las palabras que alguna vez escribí y llorar, porque no me va a quedar otra opción que llorar, llorar hasta cansarme de darles un espectáculo patético a mis hijos. ¿Quién sos vos? ¿Dónde está mi deseo adolescente? A veces tengo miedo. Es hora de levantarse.
A veces tengo miedo de dejar de sentir, qué imbécil soy a veces.
Ay, ay, me siento cursi, que dolor.

jueves, 14 de abril de 2011

¿Sabe qué? La ciudad me llena de escollos. Uno camina como si no le importara cuando en realidad no puede dejar de observar cómo la ciudad lo acosa. Si va por la mano izquierda basta una simple calle conocida para que el pasado le remueva las tripas, si va por la derecha de seguro el pasado lo encontrará de frente. Correctamente intentará esquivar la mirada a sabiendas de que el pasado lo ha visto y se ha percatado de que usted también lo ha visto. Pero ni al pasado ni a usted le importará en el momento, ese esquivar de la mirada se sostendrá como un sagrado sacramento. El problema real vendrá después, cuando el pasado y usted se detengan a pensar en ese intercambio de miradas que no pudo ser. Pero...¿Sabe qué? Cuando llegue a casa y se encuentre con el presente dejará de pensar en esa mirada frustrada del pasado y se abrazará con mucha fuerza a ese hermoso presente, tanta que muy probablemente el futuro se demore en llegar, o quizás llegue un poco más tarde, porque el futuro tiene fama de ser educado y jamás alguien como él podría interrumpir un abrazo sublime como el que se genera cuando usted y el presente se abrazan.

jueves, 10 de marzo de 2011

Don't leave me high

miércoles, 2 de marzo de 2011

Muerte onírica


-Siempre pensé que una rodaja de limón tendría que flotar perpendicularmente, no paralelamente.
Nilan volvió al mundo real y miró a Milena.
-Perdón, ¿Qué dijiste?
-Que siempre me dio la impresión de que una rodaja de limón tendría que flotar perpendicularmente.
-¿Perpendicularmente?
-Claro, mirá la rodaja de limón flotando sobre tu vaso
Apoyó su mirada sobre el vaso  y llegó a entender qué se le había cruzado por la cabeza a Milena, el limón en los tragos suele ponerse de modo que quede perpendicularmente, pero no flotando, sino que sobre el borde del vaso, el efecto que producía al flotar sobre el líquido era realmente notable, uno tenía la sensación de que algo realmente extraño estaba sucediendo en ese vaso. Para asegurarse de que nada raro estaba interviniendo en la flotación de la rodaja de limón se aseguró de que ningún trozo de hielo la estuviera sosteniendo desde abajo, pero sólo había más cachaça. Miró la bebida y descubrió que nuevamente le habían servido su trago con limón, en lugar de lima, quizás la lima si flotaría perpendicularmente.
-Otra vez me pusieron limón.
-Te dije hace un rato, pero no me diste bola, ¿En qué estás pensando?
-En nada- mintió.
-Nilan...
-Anoche tuve un sueño muy extraño, soñé que alguien me perseguía y yo intentaba escapar, en eso caía en una especie de lago o pileta, no sé muy bien qué era, y empezaba a nadar, por un rato iba bien, me estaba alejando de mi perseguidor, pero a los pocos minutos me empezaba a cansar y no llegaba a tocar el fondo, lentamente me iba ahogando y algo me impedía seguir nadando. No era realmente como si estuviera físicamente desgastado, era más bien como si algo dentro de mí me arrastrara al fondo, como si no tuviera más sentido seguir nadando. Entonces me hundía y empezaba a sentir cómo me asfixiaba. Uno sabe que, generalmente, cuando está a punto de morir en un sueño suele despertarse; es decir, cuando soñás que te caes desde una gran altura te levantas antes del impacto, cuando te disparan despertás en el acto, nunca llegás a experimentar por completo la sensación de estar muerto y eso se debe, creo yo, a que somos incapaces de concebir la idea de estar muertos, incluso en sueños, el sueño no puede seguir simplemente porque tal idea es un imposible, con la muerte se da paso a la inexistencia y si uno no existe no puede seguir soñando...
Milena lo interrumpió por primera vez
-A mi me han contado algunas personas que soñaron que iban al cielo
-Puede ser- le concedió Nilan- pero la existencia en el “cielo” no deja de ser existencia, además-agregó apresuradamente- si bien hay personas que han soñado que estaban en el cielo, dudo mucho que hayan podido visualizar el momento en sí de su muerte, es decir, el instante en el cual el adoquín de la calle Rivadavia se incrusta en su cabeza desparramando sesos o la bala se clava en el centro del corazón, simplemente sueñan que mueren y, sin que exista ninguna representación de su pasaje al cielo, aparecen ahí, no tienen conciencia real del momento de la muerte en sí.
-Mmm, bueno- aceptó algo insegura- pero seguí contando.
-La cuestión es que yo me estaba ahogando y entré en ese estado de los sueños en el cual uno de cierto modo sabe que está por despertarse pero que sin embargo no logra escapar por completo de la ficción onírica, es decir, estaba muriendo pero sentía muchísima incredulidad frente a ese hecho, pero no era negación, era que simplemente me resultaba absurdo, algo en lo más ínfimo de mi ser me decía “Bueno Nilan, en cualquier momento vas a abrir los ojos” mientras otra parte deseaba extender la sensación hasta las últimas consecuencias. Deseaba completar el proceso, deseaba morir y ver de qué se trataba todo el asunto. Y entonces, algo que ahora, despierto, no me explico, sucedió. Llegué a estar tan cerca de la muerte que casi pude saborearla, comprenderla, estuve a punto de develar uno de los más grandes misterios de la humanidad. Mi visión empezó a nublarse, tal y como pasa en las películas, mis brazos empezaban a aflojar y mi mente no se cansaba de repetir que ese era mi fin. Lo más curioso fue que no estaba triste ni enojado, todo lo contrario, estaba ansioso por descubrir cómo sería el último suspiro, la última mirada, la sensación final. Fue entonces, cuando mi cuerpo ya se entregaba al misterio más grande de la humanidad, que pude distinguir unos ojos entre el agua.
-¿Unos ojos? ¿Dios? ¿Un Ángel? ¿Algún familiar muerto?
-No Milena, desde la fría lejanía vi tus ojos, los mismos que me esperaban despiertos esta mañana.
-¿Y después? ¿Después que pasó?
-Desperté y distinguí nítidamente tus ojos, tu sonrisa malhumorada y tu pecho izquierdo escapándose de entre mis sabanas verdes.
-Te desperté porque estabas roncando muy fuerte, no sabía que haciéndolo arruinaba la posibilidad de que hicieras un genial descubrimiento.
-Mejor, aunque hubiera descubierto algo no hubiera servido de nada
-¿Por qué?
-Tengo la sospecha de que si no me hubieras despertado, si mi mente hubiera tenido la tranquilidad necesaria como para centrarse únicamente en reproducir mi muerte, entonces habría muerto. El único modo de concebir en su totalidad un fenómeno como ese es mediante la vivencia, experimentar tal cosa, aunque no más fuera durante el sueño, me habría matado.
-Sigo sin entender porqué la rodaja de limón flota de ese modo tan extraño.
-En ese caso, yo tendría cuidado si algún día soñás que descubrís el motivo.

Desde su perspectiva


"Cada vez que te encuentro en el recuerdo,
bajo el simple pretexto de tocar tus manos
tramo la fabula que te encierra
y ya no duele estar triste, porque el instante es pasado..."
M.-

jueves, 17 de febrero de 2011

Pensarte

¿Qué se te pasa por la cabeza cuando no decís nada, cuando mirás fijo y te pasás los dedos por el mentón, como si tuvieras barba? Yo me acerco para que puedas tirar de la mía, para que puedas pensar como si tuvieras barba. Tus dedos saben cómo corresponde tirar de una barba cuando se quiere pensar. La palabra “tirar”, de hecho, es bastante violenta, más bien es una mezcla de acariciar y estirar. Nada demasiado violento, nada demasiado suave. Y vos sabés cómo hacer eso que no tiene nombre ni siquiera.
Creo que eso es lo que más extraño, jugar a adivinar qué pasa por tu mente. Claro, también ahora, a lo lejos, podría intentar jugar a lo mismo, pero no sería lo mismo, no sería real. Sólo en sueños, y si mi subconsciente me lo permite, puedo jugar un rato. Entonces te imagino, imagino lo que estás imaginando. A veces pensás en camellos, pero por lo general pensás el el último libro que leíste, en una palabra que escuchaste y que quedó flotando en tus pensamientos, por lo menos eso creo. Cuando te obsesionas con una palabra te quedás especialmente quieta. No jugás con mi barba, con ninguna, dejás que tu mentón descanse sobre la palma de tu mano y ni te inmutás cuando el bretel negro se empieza a deslizar, lentamente. Yo también pienso en esos momentos, pienso en lo que voy a pensar horas, días después, cuando tu bretel deslizándose sea tan sólo un recuerdo, cuando las últimas gotas de tu perfume se empiecen a escapar de mis sábanas. Pienso y deseo ese momento de volver a pensarte frente a mí. Es en esos instantes cuando redescubro que sólo puedo pensarte, en presencia y en ausencia. Quizás sea así porque la idea me atrae tanto como a vos te atraen los camellos, porque sabemos que los lugares comunes no son necesariamente algo malo. Nosotros somos un lugar común, vos sos el espacio en el cual me siento bien, donde dejo de ser amo de mis piernas, las cuales empiezan a temblar, divertidas y ansiosas. Aún no logré descubrir que lugar soy yo para vos, nunca estuviste tan desprotegida como para que yo pudiera averiguarlo. Sólo una vez, cuando descubrimos que nos deseamos, tuve la oportunidad de entender que espacio soy yo, que lugar ocupo. Pero no pude, las piernas me temblaban demasiado, y aunque podría repetir casi por completo las palabras que se pronunciaron esa noche, hay cosas que se me escapan. No recuerdo algunos gestos, algunas miradas, alguna caricia que podría revelarme todo, que me daría la verdad que hoy tanto necesito. Entonces tengo que inventarte, imaginarte, pensarte una vez más, pensarte hasta que llegue el momento de volver.

Niños

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Siempre me imaginé el aborto como algo terrible, no en un sentido moral, más bien en un sentido visual. La mujer aferrada a las frías barras de acero, las tres gotas de sudor sostenidas en la frente y una mandíbula que no quiere ni pretende relajarse. Hay agujas de tejer y mucha sangre, los médicos escarban, buscan la muerte en el vientre mismo. Una atraviesa el pequeño cráneo, otra las palmas de las manos, y así, decenas de agujas hasta que el corazón se detiene y eso yace inmóvil, detentando su corona de espinas y el inescrutable pero conocido INRI.
Paula no grita, no suda ni se retuerce. Sólo se sienta y mira hacia todos lados, un poco nerviosa. Nadie le sostiene la mano, el muy cobarde sigue caminando por Buenos Aires, por un instante siente nauseas y se detiene a vomitar, rojos y verdes se conjugan en el vómito cobarde.
Veinte minutos, ya todo ha sido llevado a cabo. Paula camina sola por la ciudad, no se siente débil ni mareada, sólo un tanto triste. Cae presa de ese gesto compulsivo de las embarazadas y se lleva la mano derecha a la panza, no sabe bien qué hacer. No tiene miedo de lo que digan, nunca le ha importado mucho la opinión de los demás. Espera en la parada del 132, la clínica no estaba en La Cañada, le quedaba más cerca la del centro. Ha hecho lo correcto, lo inevitable. Pero siente, sentir siente. Paula no es una despiadada asesina, Paula es Paula. Ahora siente que tendría que haber hecho lo realmente correcto, sí, lo correcto. Casarse, tener el hijo y vivir una vida que nunca quiso, que nunca pidió. Pero claro, la culpa es de ella, ella se lo buscó. Porque tener un hijo es eso, buscárselo, ser una hija de puta que se merece una maldición divina, el castigo supremo, criar un hijo. Yo quisiera saber cómo alguien podría explicarle eso a Paula, cómo podría obviar las agujas que la flagelan, sortear la mancha roja y verde y decirle de frente, cara a cara, sin ningún tipo de remordimiento, que es una hija de puta, una ninfómana pelotuda, una asesina.
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Celia acaricia a Mara, todavía no es Mara, recién es la primera sílaba. Mara es Ma. La quiere, la desea con todas sus fuerzas. Puede sentir cómo Ma está ahí, preparándose para hacer su magistral aparición, para salir al mundo. Está cómoda, siente el tamborileo de unos dedos que no conoce en persona, que suelen apoyarse puntualmente a las diez de la noche. Ma no sabe cómo nombrar esos dedos, Celia tampoco. Juegan a un juego tan exclusivo que ni siquiera ellas saben con precisión cuáles son las reglas. Las inventan cada noche, con la certeza de que cada una va a estar donde debe estar – Hola Mara- dice Celia -Hola Celia- dice Ma. Están ahí, se quieren sin preguntarse qué es querer. Se sienten sin preocuparse por la barrera que las separa y las une al mismo tiempo. Se han buscado durante meses y se han encontrado en el preciso instante en que Celia se llamaba Celia y Mara se llamaba Mara, aunque sea un nombre de una sola sílaba. Duermen en la misma cama, a algunos psicólogos podría no parecerles bien, a ellas no les importa mucho a decir verdad. No conocen mucho acerca de la tristeza, o por lo menos no recuerdan muy bien que es eso.

No se bien cuál es el tema de las perspectivas y las distancias. No entiendo cómo funcionan, simplemente sé que lo hacen. Claro que uno nunca sabe bien de dónde surge esa nueva perspectiva, es como si un día apareciera y uno asumiera que siempre estuvo ahí, uno se reconoce incapaz de afirmar lo contrario. Un día, así como quien no quiere la cosa, descubrí tu rostro y con él mi pasado. Descubrí que esas vidas que tanto anhelamos son imposibles de alcanzar porque siempre anhelamos lo lejano, deseo esa vida, la tengo, no soy consciente de ello ¿O acaso mis dos deseos más fervientes no fueron siempre un legado artístico y una historia de amor entrevesada? La tengo, joder que la tengo. Tengo esa puta vida con la que siempre soñé, me alcanza con teclear dos palabras en internet para saberlo. Una tía muerta en una muerte para nada romántica, una historia de amor interrumpida por miles de kilómetros de distancia y una historia familiar que si no es trágica, simula serla. La cuestión es cómo, cómo organizar esas partes y armar la historia completa, mi historia.

viernes, 14 de enero de 2011

A mi única lectora, Josefa, que siempre me tiene paciencia y me putea lo justo y necesario:
Puto el que lee. Con cariño.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Julio y Juan

Julio camina lentamente al nuevo colegio. Sabe muy bien a lo que debe enfrentarse, reglas nuevas, gente nueva, pero sobre todo debe construir una historia nueva. El mundo de Julio se compone a su antojo, un día decide ser un humilde escritor y lo es, al otro día resuelve hacerse pasar por un gran deportista y también lo consigue. Adora ver como sus mentiras lo rodean, como su verdadera vida se deforma en un cúmulo de inventos. No le importa el momento, cualquier ocasión es propicia para crear una historia que le permita escapar de su realidad. Le encanta observar las desorbitadas reacciones de las personas. Recuerda cuando se hizo pasar por extranjero en su propio país y sonríe. No termina de entender que es lo que tanto lo atrae de la mentira, quizás sean manifestaciones de sus deseos inconclusos, de sus frustraciones más profundas. A la vez que camina y fuma comienza a inventar una genial historia, no tiene muy en claro como se presentará esta vez, pero la simple idea de imaginarse mintiéndole a todos sus futuros compañeros lo deleita. Ya puede visualizar sus rostros impresionados, sus envidias reprimidas, las sonrisas que deslizarían las mujeres al escuchar sus interesantes disparates. El cigarrillo quema sus dedos distraídos y deja de maquinar historias por un instante. Chupa sus dedos para sofocar el ardor y continúa explotando su mente. Piensa por un instante en hacerse pasar por profesor, pero lo descarta al instante, una mentira como esa sólo duraría escasos minutos con suerte. Llega a las escaleras del colegio y deja escapar un suspiro. Su mente no ha conseguido generar una buena historia, pero sabe que sólo es cuestión de tiempo hasta que fantásticas mentiras surjan. La vida de Julio es una mentira y lo sabe, de a ratos le duele.
Juan camina al colegio, su delantal blanco está impecable y dentro de su mochila lleva todos los libros que necesitará a lo largo del año escolar. Mira su reflejo en la ventana de una casa y sonríe satisfecho al contemplar su perfecto peinado. Se recuerda por última vez la importancia de asistir a clases y de obtener perfectas calificaciones. Está en el tercer año del secundario y tiene muy en claro que quiere para su vida. Cuando termine el secundario estudiará para ser contador, al igual que su padre. En el medio de la carrera se casará y cuando termine ésta tendrá un único hijo, un varón.
Se cansa un poco de sólo pensar en los años que le llevará terminar su carrera, pero sabe que es lo que debe hacer, lo correcto. Este año decidió comenzar a juntar plata para su futuro auto, un fiat palio que comprará al comenzar el quinto año de la secundaria. Si bien tiene una novia sabe muy bien que esa relación no durará, ella es demasiado inmadura para su edad y con el tiempo él no podrá soportar más. Pone un pie en la escalera del colegio y al hacerlo verifica que su pelo este peinado tal como debe estar, mientras sube las escaleras ve a la correcta Paula, ella sí será una perfecta esposa. Juan se asegura por última vez que todas sus cosas estén en su lugar, los libros en la mochila, sus lentes en su estuche, el cinturón abrochado en el tercer agujero y el anteúltimo botón de su camisa abotonado. La vida de Juan es una mentira y lo sabe, de a ratos le duele pero conoce el mejor remedio, la indiferencia.