Jugamos con la idea y yo
estoy perdido desde un comienzo sin saberlo. ¿Quién diría que tu
fuerte son las lecturas? Salir, tomar y desarmar, hasta el
infinitivo. Todas las noches busco la cadencia, todas las noches. Y
si me encuentro caminando en tu abrazo amoroso descubro el ritmo
inaprensible. Soy hijo del hombre, y mi carne sangra. Me sueño
desnudo, pero qué importa. La corporeidad también es ritmo. Y mis
dedos se agitan al compás, y mi mente reproduce desde su más
absoluta inmovilidad cada sentido realzado en cada circunstancia
específica. Si escucho una cuerda la hago sonar, como si la
intertextualidad no fuera un fenómeno meramente literario, como si
la teoría interpretativa de la literatura pudiera expanderse a todos
los fenómenos de nuestras vidas. Transformo sin saberlo y lo
disfruto. Me fusiono en ese flujo de sensaciones que aparenta una
unidireccionalidad absolutamente falsa. Somos uno, quizás ese sea el
secreto mejor guardado de la existencia. Y entonces entiendo la
exigida capacidad de sentir en lo más profundo cualquier injusticia
cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Y entonces
entiendo que justamente, por estar en medio del tarro, nos vemos
obligados a ser conscientes de todo lo bello y de todo lo trágico
que este mundo nos brinda. Debemos cargar con la culpa de no ser
mejores de lo que deseamos y al mismo tiempo apuntar a no aguantar la
mediocridad.
Y en ese lugar entra el
arte, se filtra impetuosamente entre nuestras venas clasistas y nos
obliga a mirar, a descubrir, a sentir por encima de cualquier otra
cosa. Una canción alimenta mis palabras y mis dedos sienten el
ritmo, no es necesario siquiera mirar, no es necesario entender ni
detenerse a buscar una interpretación adecuada. Nos conectamos en
todos los niveles que permitimos. Intentamos refugiarnos detrás de
banalidades y distracciones pero en aquellos hombres condenados la
banalidad no tiene más que una transitoria y poco efectiva
repercusión.
Somos los dementes del
siglo, de cualquier siglo. Somos la genealogía milenaria y sectaria
de aquellos que nos reinventamos en cada gesto, cada mirada
inquisidora, cada reproche social. Y entonces las excusas no nos
bastan, por más que así lo quisiéramos. Un impulso primordial nos
obliga a continuar en esa dirección. A dejar de lado cualquier tipo
de sojuzgamiento y buscar aquellas notas musicales que nos arrastran
en un pentagrama espiralado e infinitivo. A fin de cuenta, nuestro
tiempo es el de los absolutos y un accidente gramatical no puede
determinarnos. Atacar los preconceptos, rescatar lo bello. Morir no
es más que un apodo para la aberrante improductividad artística. Y
somos locos, y nos gusta. Y gritamos enfervorizados, nos
contradecimos y vitoreamos a las personas equivocadas en los momentos
menos oportunos. Somos hijos del hombre, hijos de la revolución
natural más grande de todos nuestros tiempos.
Encontrar en un pecho el
arte curvilíneo del deseo junto con su melodía exacta. Mirar a los
ojos realmente. Jactarse de ser un loco, un enfermo, un
revolucionario. Y ser tildados de inconstantes o, mejor aún, de
anacrónicos. Recoger todos los legados para reconfirmar nuestra
carencia absoluta de alguno. Emocionarse hasta las lágrimas
curvilíneas por una sucesión de palabras correctamente articuladas.
Querer reproducir a la perfección un ritual ancestral, repetir hasta
el cansancio una frase que ha quedado flotando en nuestras venas
clasistas.
Y quizás no logremos
nada, quizás nuestra carencia de legado nos condene
irreversiblemente a destacarnos de vez en cuando por una genialidad
individual. ¿Pero qué importa si sólo recuerdan de vez en vez a
Cortázar o al Che? ¿Qué importa, si logramos, como sujetos,
encontrar en ellos la definición absoluta y atemporal de nuestro
único deseo y objetivo? La muerte tampoco es un absoluto, sino
seríamos mortalmente inmortales. Y el milagro secreto es, a fin de
cuentas, la repetición ad eternum de una melodía en LA menor.
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