Acá, allá, me gusta, me gusta. Intervalo de una semana agitada, toca acostarse tres horas y no hacer nada, quizás mover el dedo índice para acariciarte un poco la espalda. Cortázar, en el capítulo 7 (el único capítulo que existe), dibuja una boca con su dedo. Yo siento que vivo una película, que ese dedo índice, esa lengua girando, girando, girando, no es más que el esbozo de un sueño que inexorablemente tiene que terminar, AHORA. No, todavía no, todavía quedan veinte minutos de sueño. A los quince saltás de la cama, un ruido en el techo, o quizás sea el amanecer. Me robaste cinco minutos de sueño, volvé a la cama, querés. No puedo, lo extraño. ¿A quién? A él, a él. No puedo reterner por mis propios medios, pero llueve, llueve aunque sean las siete de la mañana de un sábado. En Europa llovía todo el tiempo, pero nunca nevaba, nunca. La nieve, ahí está la clave, si logro traerla puedo dormir mis cinco minutos. Francisco, Francisco. Qué, qué. Nieva, nieva. No puede estar nevando, vos ya te fuiste. No, estoy acá, nieva, nieva. Son las ocho y ocho, quedan dos minutos. Hoy no quiero trabajar, qué genial que sea sábado. Igual tengo miedo, miedo de aburrirme, de tener cincuenta años en un instante, leer las palabras que alguna vez escribí y llorar, porque no me va a quedar otra opción que llorar, llorar hasta cansarme de darles un espectáculo patético a mis hijos. ¿Quién sos vos? ¿Dónde está mi deseo adolescente? A veces tengo miedo. Es hora de levantarse.
A veces tengo miedo de dejar de sentir, qué imbécil soy a veces.
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