¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

jueves, 17 de febrero de 2011

Niños

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Siempre me imaginé el aborto como algo terrible, no en un sentido moral, más bien en un sentido visual. La mujer aferrada a las frías barras de acero, las tres gotas de sudor sostenidas en la frente y una mandíbula que no quiere ni pretende relajarse. Hay agujas de tejer y mucha sangre, los médicos escarban, buscan la muerte en el vientre mismo. Una atraviesa el pequeño cráneo, otra las palmas de las manos, y así, decenas de agujas hasta que el corazón se detiene y eso yace inmóvil, detentando su corona de espinas y el inescrutable pero conocido INRI.
Paula no grita, no suda ni se retuerce. Sólo se sienta y mira hacia todos lados, un poco nerviosa. Nadie le sostiene la mano, el muy cobarde sigue caminando por Buenos Aires, por un instante siente nauseas y se detiene a vomitar, rojos y verdes se conjugan en el vómito cobarde.
Veinte minutos, ya todo ha sido llevado a cabo. Paula camina sola por la ciudad, no se siente débil ni mareada, sólo un tanto triste. Cae presa de ese gesto compulsivo de las embarazadas y se lleva la mano derecha a la panza, no sabe bien qué hacer. No tiene miedo de lo que digan, nunca le ha importado mucho la opinión de los demás. Espera en la parada del 132, la clínica no estaba en La Cañada, le quedaba más cerca la del centro. Ha hecho lo correcto, lo inevitable. Pero siente, sentir siente. Paula no es una despiadada asesina, Paula es Paula. Ahora siente que tendría que haber hecho lo realmente correcto, sí, lo correcto. Casarse, tener el hijo y vivir una vida que nunca quiso, que nunca pidió. Pero claro, la culpa es de ella, ella se lo buscó. Porque tener un hijo es eso, buscárselo, ser una hija de puta que se merece una maldición divina, el castigo supremo, criar un hijo. Yo quisiera saber cómo alguien podría explicarle eso a Paula, cómo podría obviar las agujas que la flagelan, sortear la mancha roja y verde y decirle de frente, cara a cara, sin ningún tipo de remordimiento, que es una hija de puta, una ninfómana pelotuda, una asesina.
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Celia acaricia a Mara, todavía no es Mara, recién es la primera sílaba. Mara es Ma. La quiere, la desea con todas sus fuerzas. Puede sentir cómo Ma está ahí, preparándose para hacer su magistral aparición, para salir al mundo. Está cómoda, siente el tamborileo de unos dedos que no conoce en persona, que suelen apoyarse puntualmente a las diez de la noche. Ma no sabe cómo nombrar esos dedos, Celia tampoco. Juegan a un juego tan exclusivo que ni siquiera ellas saben con precisión cuáles son las reglas. Las inventan cada noche, con la certeza de que cada una va a estar donde debe estar – Hola Mara- dice Celia -Hola Celia- dice Ma. Están ahí, se quieren sin preguntarse qué es querer. Se sienten sin preocuparse por la barrera que las separa y las une al mismo tiempo. Se han buscado durante meses y se han encontrado en el preciso instante en que Celia se llamaba Celia y Mara se llamaba Mara, aunque sea un nombre de una sola sílaba. Duermen en la misma cama, a algunos psicólogos podría no parecerles bien, a ellas no les importa mucho a decir verdad. No conocen mucho acerca de la tristeza, o por lo menos no recuerdan muy bien que es eso.

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