¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

jueves, 5 de septiembre de 2013

Deus ex machina

No siempre me asustaron las mujeres.
A veces, hace mucho, las mujeres eran las únicas
que me hacían sentir cómodo, del mismo modo que
los adultos me fascinaban.

Toda mi vida sostuve un pacto
secreto que me unía a los viejos y
a las mujeres,
toda la vida.

Paradójicamente me asustaban las mujeres
viejas y envejecer.
Paradójicamente hoy me asusta envejecer y
dejar de amar a una mujer.

Yo no quiero envejecer en una casa repleta de risas infantiles ni
pasar todas mis tardes decidiendo qué frase moralizante será la mejor
para educar a unos niños
perfectos en su inicial y fugaz inocencia cultural.

Sólo quiero tres mil tardes, quizás más,
en un parque, en mi jardín, en el pasto;
riéndome de la dulce paradoja de ser
viejo y no envejecer.

Que mis dientes caigan muertos en picada
que tus labios se remojen en mi nunca gastada
saliva.
Que el silencio sea sólo necesario en las horas de dormir.

Yo no quiero que la vida ordinaria me consuma
estas ganas de reír que se me escapan
ni unos ojos que se cansan de mirar desde tu espalda
al nacimiento de tus pechos.

Sólo quiero que tus circularmente perfecto pezones sean
mi laguna preferida y que sean un misterio
aún después de las tres mil tardes y los dientes
que se caen en picada.

Sólo quiero que la vida le huya al nombre y que nunca
pero nunca, dé por supuesto lo impredecible.
Que el sin porqué sea incógnita y me desvele
no saber si volveré a ver el marrón de sus pezones.

Yo no quiero que el sexo sea dado por hecho
ni que el coño sea un deus ex machina.
Yo prefiero que tus labios carnosos, de la boca a la vagina,
me sorprendan cada día.

Sólo quiero que la historia sea predecible
en un aspecto tan básico como el transcurrir.
Todo lo demás, las peleas y los gritos, no me preocupan.
Mientras sepa que al final del del día sólo será

mis dientes cayendo en picada y tus labios bebiendo mi saliva.

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