¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

lunes, 1 de octubre de 2012

Imperio erótico.

 -No estás viendo la cuestión de fondo, no todo amor es erótico, como no todo preso es político.
-Más bien es a la inversa, pelotudo, todo amor es político y todo preso es erótico.
Pero claro, qué iba a saber Martín de amores y políticas si nunca había sentido en las bifurcaciones mismas de la carne el súbito penetrar carnoso de la política.
-Te estás poniendo medio maraca- me advirtió.
Me quedé callado, en eso tenía razón. Pero estaba empeñado en demostrar mi punto. Lo sentía desde lo más torrentoso de mis venas, desde mi agrietada garganta.
-Pero, pongamos por caso, que amo a una mujer, más allá (si es posible) de toda genitalidad o socialidad sexual, entonces el erotismo pasaría a otro plano. Supongamos que amo a una mujer, que me gustan sus ojos, su cuello blanquecino e incluso su modo de enojarse. Supongamos que se llama María, o Martina, o algo similar. Y supongamos, por último, que cada vez antes de cojer Maria-Martina-similar se enoje conmigo por mis inclinaciones políticas. Cómo resistirme al deseo irrefrenable de volverla políticamente mía, de hacerla presa del erotismo y hacerle el amor con mi pija cargada de política, entonces mi caso aplicaría a la perfección.
-No me parece, porque a fin de cuentas apelas a la penetración como militancia política, y sigue siendo homosexual.
Maldije por lo bajo, ¿Sería realmente homosexual el erotismo de la política? ¿Estaría condenado a una vida heterosexualmente a-política con todo lo que eso acarreaba? Martín continuó con su argumento avasallador.
-Está más que claro, si te fijas en los ejemplos eróticos, y si recurrimos al ejercicio de la política democrática histórica vas a encontrar en sus orígenes a una muchedumbre de ciudadanos romanos rigiendo el destino de un imperio republicano con túnicas demasiado apretadas y sin ropa interior. Bruto clavó al César, ese fue el (re)comienzo de la república. Y lo que es más, la república volvió con una gran orgía, varios hombres en túnica clavando al Imperator.
-No inventes palabras.
-Bueno, pero entendés el punto. Si bien el erotismo es político, sólo lo es entre hombres, porque la política está restringida desde su origen a los hombres. Y no se toman a la ligera esa restricción. Sólo entre hombres políticos se pueden cojer, nunca vas a hacerle el amor político a ninguna mujer.
-¿Aceptás que el ejercicio pleno de la política es razón y deseo?
-Acepto.
-Entonces aceptemos que, por más que suene medio lelo, existe una pequeña diferencia entre hacer el amor y cojer, que no son exclusivas, pero que se pueden diferenciar. Es decir, si bien hacer el amor no excluye cojer si puede ser a la inversa, cojer no siempre conlleva hacer el amor. Si ponemos por caso que estoy enamorado de mi María-Martina-similar, yo puedo libremente hacerle el amor y cojer, pero no sólo cojer, excepto que no la ame.
-Acepto.
-Con la política sucede lo mismo, puede ser sólo cojer, más como una paja ideológica que busca complacer sólo a uno mismo o puede ser las dos cosas, algo que además del placer propio busca otro elemento, una suerte de trascendencia, un estímulo dirigido al otro, al pueblo, a María-Martina-similar. Algunos de nuestros líderes políticos hablan frente a una multitud y es como si simplemente se estuvieran masturbando frente a la vista de una audiencia sensual completamente desnuda, un rebaño de ciudadanos con las piernas abiertas y las aberturas dispuestas. Y después están los líderes políticos que le hacen el amor a los ciudadanos, que se baja del estrado y comparte esa orgía política donde todo es placer y amor, donde todos tienen las piernas abiertas y no es uno solo el que se limita a rellenar con carne política culos y conchas. Así es mi amor por María-Martina-similar. Yo me entrelazo con María, me gusta recorrer todo su cuerpo como si fuera una geografía anatómica que me complace no sólo cuando estoy dentro de ella sino cuando la siento temblar, arder en deseo, querer tanto como yo ese segundo indómito de carnes políticas presas del erotismo. Quizás no puedas entenderlo porque al día de hoy no conociste a ningún pueblo, a ninguna mujer que te de más de una burda erección. A veces pienso que sos la materia, el elemento político, la estructura movilizadora, pero careces de ese otro elemento que le permite a uno dudar de cualquier argumento y dejarse llevar por la pasión desenfrenada del pueblo, del pecho izquierdo de María apretándose contra un codo ligeramente arrugado.
Martín se quedó callado, quizás había sido demasiado duro con él, pero necesitaba comprender de una buena vez por todas que la cuestión genérica en la política y en el sexo era demasiado compleja como para reducirse a criterios de hetero y homo. Me levanté de la silla y lo dejé solo con sus lamentos internos, pero sin preocuparme, quizás algún día conozca a esa María-Martina-similar que a mi me hace estremecer al punto de gritar en cada embate, así como el César, preso del delirio erótico que suponía aquel delicioso asesinato, le había gritado a Bruto, aunque los historiadores lo hayan interpretado erróneamente: "Bruto, tú también". El César no reprochaba al tierno Bruto, sólo le rogaba que se uniera a aquella orgía deliciosa asestando nuevamente el puñal del erotismo.

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