¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

lunes, 4 de marzo de 2013

Habitaciones


No encuentro las palabras que preciso, y entonces siento que por una sola vez, por una sola tarde, es necesario realizar el movimiento inverso. Ir de lo más pequeño a lo más grande, dejar las palabras mayores para quienes pueden manejarlas y dejar que comiencen primero mis cuatro paredes, casi como un susurro. Reniego de esa concepción que entiende la pasión como nociva y me convierto en el ser más sectario de mi cuarto, también en el único. Recuento todas mis habitaciones, y por cada una procuro retener un recuerdo.
Quizás por ósmosis o inmediatez recuerdo la habitación más deseada, la que perteneció vedada por mucho más tiempo que otras. Recuerdo los escalones y la baranda de madera, los motivos femeninos y la imperfecta impresión de estar en el lugar menos adecuado en el momento más adecuado. La opresión de los muros rojos y el palpitar agitado. Recuerdo haber buscado, también en esa ocasión, las palabras precisas. Se ovillaban al costado del fantasma de un gato blanco, caían insuficientes como gotas que anticipan una lluvia demasiado retrasada. El peso de mi cuerpo sentado sobre la colcha azul de la cama, dos pesos y unas míseras gotas. Volver a mi verdadera habitación o morir bajo la presión abrumadora de las palabras que entonces ya se relamían, caminando por el otro extremo de la calma. Recuerdo haber vuelto mentalmente y el deseo absurdo de la noche interminable, del milagro secreto. La interpretación constante de personajes ajenos y la idea estúpida de coger de una buena vez para poder escribir acerca de ello. La incomodidad y los pezones descubiertos. El sexo poco hollywodense, un sabor a té tibio con limón que exhalaba de sus labios. La certeza de que cualquier bebida sabe mejor cuando otros labios la sirven. Recuerdo los labios alcanzados y los inalcanzables, saber que siempre sería peor persona que personaje. Y las paredes gritando, el fantasma del gato que se niega a la muerte y camina, zizagueando, buscando un hálito que no encontrará en ningún rincón del cuarto rojo. Las entrañas palpitantes y rojas que bien podrían ser vida como también muerte. El soneto a las vísceras que da cuenta, quizás, de uno de los fenómenos más interesantes de nuestra vida de habitaciones.
Afeito mi mejilla derecha, frente al espejo repito mi nombre y suena raro, cada vez que lo pronuncio. Una escalera de hierro me separa de mi lugar en el mundo. A fin de cuentas nuestras vidas no son más que momentos en grandes y pequeñas habitaciones. E idolatro a la más pequeña, más que a nada en el mundo. Puedo nombrar cada ritmo, cada paso y cada olor que atravesó esa escalera para entrar, impetuosamente en mi universo sectario y personal. Puedo dar cuenta de cada pelo y cada colilla guardados, cuidadosamente, en mi biblioteca con fondo falso. No me gusta afeitarme toda la barba, me vuelvo más irreconocible y temo perderme en la escalera de hierro o, peor aún, que las paredes repintadas de mi cuarto me rechacen atemorizadas. Ya bastante debe costarles reconocerme. Yo era un niño, y deseaba todas las habitaciones menos la mía, pero ella siempre me lo ha perdonado. Ha absorbido cada lágrima ajena y cada golpe violento contra su estructura. La mejilla izquierda, quizás por efecto de mis constantes distracciones, ha quedado un poco despareja.
Si se presta atención uno puede descubrir que las pupilas y los iris son el lugar perfecto para reencontrarse con un falso pero reconfortante sentido de identidad. Separadas son prácticamente la nada misma, pero juntas constituyen un mapa exacto, un tatuaje de nuestro nombre marcado a fuego. No es necesario engañarse buscando un nombre que nunca va a identificarnos, no es necesario repetir frustradamente una atribución propia que se nos ha dado al nacer sino buscar en ellos. Y sólo así uno logra no sentirse raro, como cuando uno entra, por la noche, a la habitación pequeña.
Y recuerdo ahora incluso una tercera habitación pequeña, algo casi tan reconfortante como saber que en Rayuela la palabra “amor” no aparece la cantidad de veces necesarias para definir ese concepto sino que es sustituida por la noción de matar y renacer, como el fénix. Y la tercera habitación no tiene paredes rojas ni cadencia. En su pequeñez estructural alberga mi aleph personal y sectario, todas las habitaciones que me han contenido. Y su escalera de madera y hierro cruje cuando desde el patio de azulejos celestes sube el hálito vedado al gato fantasma. Y él se siente por primera vez deseado, porque otros labios se lo han servido. Alguien golpea pesadamente la puerta de madera y los vidrios tiemblan, y es grato saber que no es una biblia quien golpea, porque entre sus páginas la palabra “amor” aparece doscientas diez y siete veces. Nadie con tal incapacidad para encontrar las palabras precisas, ovilladas al costado de un gato fantasma, podría encontrar mi cuarto. No existen definiciones perfectas ni palabras exactas, es cierto. Pero en mi cuarto, en la tercera habitación pequeña, tal acumulación de una sola palabra solo puedo ser sinónimo de una de las pocas ideas que no ha logrado distraerme. ¡Mentira! Tu ausencia de variedad lingüística sólo puede personificar la mentira. Y no me gustan los personajes.
Y entonces entiendo, casi fatídicamente para mi escritura, que el fénix también debe ser una mentira y que el concepto principal de Rayuela puede nacer de otra mentira, la más grande que ha existido. Quizás no debiera preocuparme tanto, quizás Jesucristo sólo ha muerto, sólo entonces el fénix de Cortázar podría ser real, como mi gato que me besa y exhala, desde sus labios y su lengua renegrecida el dulce y ácido hálito del té tibio con limón.

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