No encuentro las palabras
que preciso, y entonces siento que por una sola vez, por una sola
tarde, es necesario realizar el movimiento inverso. Ir de lo más
pequeño a lo más grande, dejar las palabras mayores para quienes
pueden manejarlas y dejar que comiencen primero mis cuatro paredes,
casi como un susurro. Reniego de esa concepción que entiende la
pasión como nociva y me convierto en el ser más sectario de mi
cuarto, también en el único. Recuento todas mis habitaciones, y por
cada una procuro retener un recuerdo.
Quizás por ósmosis o
inmediatez recuerdo la habitación más deseada, la que perteneció
vedada por mucho más tiempo que otras. Recuerdo los escalones y la
baranda de madera, los motivos femeninos y la imperfecta impresión
de estar en el lugar menos adecuado en el momento más adecuado. La
opresión de los muros rojos y el palpitar agitado. Recuerdo haber
buscado, también en esa ocasión, las palabras precisas. Se
ovillaban al costado del fantasma de un gato blanco, caían
insuficientes como gotas que anticipan una lluvia demasiado
retrasada. El peso de mi cuerpo sentado sobre la colcha azul de la
cama, dos pesos y unas míseras gotas. Volver a mi verdadera
habitación o morir bajo la presión abrumadora de las palabras que
entonces ya se relamían, caminando por el otro extremo de la calma.
Recuerdo haber vuelto mentalmente y el deseo absurdo de la noche
interminable, del milagro secreto. La interpretación constante de
personajes ajenos y la idea estúpida de coger de una buena vez para
poder escribir acerca de ello. La incomodidad y los pezones
descubiertos. El sexo poco hollywodense, un sabor a té tibio con
limón que exhalaba de sus labios. La certeza de que cualquier bebida
sabe mejor cuando otros labios la sirven. Recuerdo los labios
alcanzados y los inalcanzables, saber que siempre sería peor persona
que personaje. Y las paredes gritando, el fantasma del gato que se
niega a la muerte y camina, zizagueando, buscando un hálito que no
encontrará en ningún rincón del cuarto rojo. Las entrañas
palpitantes y rojas que bien podrían ser vida como también muerte.
El soneto a las vísceras que da cuenta, quizás, de uno de los
fenómenos más interesantes de nuestra vida de habitaciones.
Afeito mi mejilla
derecha, frente al espejo repito mi nombre y suena raro, cada vez que
lo pronuncio. Una escalera de hierro me separa de mi lugar en el
mundo. A fin de cuentas nuestras vidas no son más que momentos en
grandes y pequeñas habitaciones. E idolatro a la más pequeña, más
que a nada en el mundo. Puedo nombrar cada ritmo, cada paso y cada
olor que atravesó esa escalera para entrar, impetuosamente en mi
universo sectario y personal. Puedo dar cuenta de cada pelo y cada
colilla guardados, cuidadosamente, en mi biblioteca con fondo falso.
No me gusta afeitarme toda la barba, me vuelvo más irreconocible y
temo perderme en la escalera de hierro o, peor aún, que las paredes
repintadas de mi cuarto me rechacen atemorizadas. Ya bastante debe
costarles reconocerme. Yo era un niño, y deseaba todas las
habitaciones menos la mía, pero ella siempre me lo ha perdonado. Ha
absorbido cada lágrima ajena y cada golpe violento contra su
estructura. La mejilla izquierda, quizás por efecto de mis
constantes distracciones, ha quedado un poco despareja.
Si se presta atención
uno puede descubrir que las pupilas y los iris son el lugar perfecto
para reencontrarse con un falso pero reconfortante sentido de
identidad. Separadas son prácticamente la nada misma, pero juntas
constituyen un mapa exacto, un tatuaje de nuestro nombre marcado a
fuego. No es necesario engañarse buscando un nombre que nunca va a
identificarnos, no es necesario repetir frustradamente una atribución
propia que se nos ha dado al nacer sino buscar en ellos. Y sólo así
uno logra no sentirse raro, como cuando uno entra, por la noche, a la
habitación pequeña.
Y recuerdo ahora incluso
una tercera habitación pequeña, algo casi tan reconfortante como
saber que en Rayuela la
palabra “amor” no aparece la cantidad de veces necesarias para
definir ese concepto sino que es sustituida por la noción de matar y
renacer, como el fénix. Y la tercera habitación no tiene paredes
rojas ni cadencia. En su pequeñez estructural alberga mi aleph
personal y sectario, todas las habitaciones que me han contenido. Y
su escalera de madera y hierro cruje cuando desde el patio de
azulejos celestes sube el hálito vedado al gato fantasma. Y él se
siente por primera vez deseado, porque otros labios se lo han
servido. Alguien golpea pesadamente la puerta de madera y los vidrios
tiemblan, y es grato saber que no es una biblia quien golpea, porque
entre sus páginas la palabra “amor” aparece doscientas diez y
siete veces. Nadie con tal incapacidad para encontrar las palabras
precisas, ovilladas al costado de un gato fantasma, podría encontrar
mi cuarto. No existen definiciones perfectas ni palabras exactas, es
cierto. Pero en mi cuarto, en la tercera habitación pequeña, tal
acumulación de una sola palabra solo puedo ser sinónimo de una de
las pocas ideas que no ha logrado distraerme. ¡Mentira! Tu ausencia
de variedad lingüística sólo puede personificar la mentira. Y no
me gustan los personajes.
Y
entonces entiendo, casi fatídicamente para mi escritura, que el
fénix también debe ser una mentira y que el concepto principal de
Rayuela puede nacer de
otra mentira, la más grande que ha existido. Quizás no debiera
preocuparme tanto, quizás Jesucristo sólo ha muerto, sólo entonces
el fénix de Cortázar podría ser real, como mi gato que me besa y
exhala, desde sus labios y su lengua renegrecida el dulce y ácido
hálito del té tibio con limón.
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