No se bien cuál es el tema de las perspectivas y las distancias. No entiendo cómo funcionan, simplemente sé que lo hacen. Claro que uno nunca sabe bien de dónde surge esa nueva perspectiva, es como si un día apareciera y uno asumiera que siempre estuvo ahí, uno se reconoce incapaz de afirmar lo contrario. Un día, así como quien no quiere la cosa, descubrí tu rostro y con él mi pasado. Descubrí que esas vidas que tanto anhelamos son imposibles de alcanzar porque siempre anhelamos lo lejano, deseo esa vida, la tengo, no soy consciente de ello ¿O acaso mis dos deseos más fervientes no fueron siempre un legado artístico y una historia de amor entrevesada? La tengo, joder que la tengo. Tengo esa puta vida con la que siempre soñé, me alcanza con teclear dos palabras en internet para saberlo. Una tía muerta en una muerte para nada romántica, una historia de amor interrumpida por miles de kilómetros de distancia y una historia familiar que si no es trágica, simula serla. La cuestión es cómo, cómo organizar esas partes y armar la historia completa, mi historia.
jueves, 17 de febrero de 2011
viernes, 14 de enero de 2011
domingo, 19 de diciembre de 2010
Julio y Juan
Julio camina lentamente al nuevo colegio. Sabe muy bien a lo que debe enfrentarse, reglas nuevas, gente nueva, pero sobre todo debe construir una historia nueva. El mundo de Julio se compone a su antojo, un día decide ser un humilde escritor y lo es, al otro día resuelve hacerse pasar por un gran deportista y también lo consigue. Adora ver como sus mentiras lo rodean, como su verdadera vida se deforma en un cúmulo de inventos. No le importa el momento, cualquier ocasión es propicia para crear una historia que le permita escapar de su realidad. Le encanta observar las desorbitadas reacciones de las personas. Recuerda cuando se hizo pasar por extranjero en su propio país y sonríe. No termina de entender que es lo que tanto lo atrae de la mentira, quizás sean manifestaciones de sus deseos inconclusos, de sus frustraciones más profundas. A la vez que camina y fuma comienza a inventar una genial historia, no tiene muy en claro como se presentará esta vez, pero la simple idea de imaginarse mintiéndole a todos sus futuros compañeros lo deleita. Ya puede visualizar sus rostros impresionados, sus envidias reprimidas, las sonrisas que deslizarían las mujeres al escuchar sus interesantes disparates. El cigarrillo quema sus dedos distraídos y deja de maquinar historias por un instante. Chupa sus dedos para sofocar el ardor y continúa explotando su mente. Piensa por un instante en hacerse pasar por profesor, pero lo descarta al instante, una mentira como esa sólo duraría escasos minutos con suerte. Llega a las escaleras del colegio y deja escapar un suspiro. Su mente no ha conseguido generar una buena historia, pero sabe que sólo es cuestión de tiempo hasta que fantásticas mentiras surjan. La vida de Julio es una mentira y lo sabe, de a ratos le duele.
Juan camina al colegio, su delantal blanco está impecable y dentro de su mochila lleva todos los libros que necesitará a lo largo del año escolar. Mira su reflejo en la ventana de una casa y sonríe satisfecho al contemplar su perfecto peinado. Se recuerda por última vez la importancia de asistir a clases y de obtener perfectas calificaciones. Está en el tercer año del secundario y tiene muy en claro que quiere para su vida. Cuando termine el secundario estudiará para ser contador, al igual que su padre. En el medio de la carrera se casará y cuando termine ésta tendrá un único hijo, un varón.
Se cansa un poco de sólo pensar en los años que le llevará terminar su carrera, pero sabe que es lo que debe hacer, lo correcto. Este año decidió comenzar a juntar plata para su futuro auto, un fiat palio que comprará al comenzar el quinto año de la secundaria. Si bien tiene una novia sabe muy bien que esa relación no durará, ella es demasiado inmadura para su edad y con el tiempo él no podrá soportar más. Pone un pie en la escalera del colegio y al hacerlo verifica que su pelo este peinado tal como debe estar, mientras sube las escaleras ve a la correcta Paula, ella sí será una perfecta esposa. Juan se asegura por última vez que todas sus cosas estén en su lugar, los libros en la mochila, sus lentes en su estuche, el cinturón abrochado en el tercer agujero y el anteúltimo botón de su camisa abotonado. La vida de Juan es una mentira y lo sabe, de a ratos le duele pero conoce el mejor remedio, la indiferencia.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Imaginarlos
Una vez acomodado en este tren que me aleja un poco más de otra de mis casas, cierro los ojos y recuento todos mis miedos inmediatos: Últimamente la tarjeta de débito estuvo andando muy mal, no sería extraño que me quedase sin dinero en el medio de un pueblito del norte de Europa, no hice la reserva del hostel, la última vez que chequeé en internet la disponibilidad sólo me aparecía uno, quizás si corro llego antes que la otra masa turística y logro hacerme con un rinconcito.
Me gustaría, de a ratos, volver a casa, a mi casa. Aunque no más sea por un instante, me gustaría sentarme en la mesa dominguera, aunque mi viejo y mis hermanos no me puedan ver, solamente quisiera estar ahí, mirar cada rostro y cada palabra con detenimiento. Nacho hace algún chiste en base a su temática preferida, las pijas. Make y Paula empiezan a jugar con la pija, con la palabra, claro está. Una vez sorteado el momento fálico, la discusión política invade la mesa, los defensores del gobierno cuentan con uno menos ahora que yo no comparto esa mesa, no importa, de todos modos lo solucionan gritando un poco más alto, así parecen tres en lugar de dos. Y el viejo mira, no sé bien qué mira, no es una mirada pasiva, impávida frente a la escena que se le presenta, lo cierto es que es un activista importante del almuerzo, pero sin embargo se detiene cada tanto y mira. Prende un cigarrillo y se detiene uno por uno, Lucía ya es demasiado grande, Santiago habla como un adulto, en cualquier momento podría empezar a fumar. Y entonces, en ese recuento de rostros, mira hacia donde estoy yo, me mira, mira el espacio vacío que yo ocupo o no, dependiendo de quién mire. No creo que pueda verme, su rostro no indica eso, más bien parece que me estuviera imaginando, él, imaginándome en el preciso momento en que yo imagino al resto de mi familia, mientras construyo un recuerdo detallado y preciso que incluye voces, rostros y migas de pan. Se me queda mirando, o imaginando, sólo por unos segundos y luego sigue con el recuento, esta vez mira a la otra silla vacía, la verde, supongo que imagina a Cecilia, que está tan lejos, y yo hago lo mismo, como un homenaje, como una suerte de conexión entre esas dos imaginaciones que juegan a acercarse pero que nunca se tocan.
Ignacio le grita algo al viejo, a mi me piden el billete de tren.
Ahora estoy en otro lugar, en otra forma incluso, puedo girar y ver las caras de todos mis amigos, sentados alrededor de esas conocidas mesas negras, comiendo maní compulsivamente mientras vacían sus vasos de cerveza. Tardo unos minutos en descubrir que, de hecho, yo soy la cerveza en el interior de la botella. Antes no lo era, eso quizás explica el hecho de que no esté fragmentado en los 7 vasos de mis 7 amigos. La conversación no es muy animada, sólo es una de esas charlas en las que nos enfrascamos más por inercia que por otra cosa, nos comportamos como ratas que se acurrucan buscando un poco de calor, esos somos notros. La simple presencia del otro, por más aburrida que sea, nos reconforta, nos sostiene. Noto con algo de terror y curiosidad que 4 de los 7 vasos ya están vacío, no puedo evitar preguntarme qué irá a pasar, qué sentiré cuando me vea fragmentado. Sin embargo, todavía debo esperar un rato, nuestras reglas indican que servirse un nuevo vaso antes de que uno haya terminado es una desfachatez, excepto, claro, que uno de los muchachos tenga la caradurez de tardar más de 17 minutos en terminar sus 330 ccl de cerveza. Contra todos mis pronósticos, Sebastián no es el último. Martín, quien usualmente es el primero en terminar su cerveza y el primero en apurar a Sebastián, es el último. Algo debe de estar molestándolo, quizás volvió a pelearse con la novia, quizás se le cruza por la cabeza la posibilidad de dejarla, quizás no vea la hora de irse de vacaciones, quizás sea todo eso junto.
Finalmente termina. Me siento deslizar lentamente por cada vaso, el frío del vidrio me invade y me siento muy cómodo, no es extraño teniendo en cuenta que ahora soy cerveza. Ya estoy en cada vaso, puedo mirar a mis otras 6 partes y a 6 de mis amigos, necesito mucha concentración para lograr ver a los 7 al mismo tiempo. Martín bebe, primero un trago pequeño, luego otro más. A pesar de mis temores, no termino en los fétidos estómagos de mis amigos, me transformo en palabras, en palabras y en humo de cigarrillos. Alguno pregunta a los otros si están al tanto de la última que me pasó, todos se ríen, Martín se termina rápido su cerveza, el altoparlante del tren anuncia que la próxima estación es mi destino.
Para mi tranquilidad, vuelvo a sentir mis manos, mis piernas, cada fibra de mi cuerpo que minutos atrás había perdido. Lo que no puedo sentir es el incómodo asiento del tren. En su lugar, siento como mi cabeza descansa sobre una almohada blanca y mullida. La cama está hecha. Cuando abro los ojos noto mi posición, esa que uso cuando estoy particularmente triste: Mis dos manos unidas, descansando sobre mi cachete izquierdo, las rodillas a la altura del pecho. Gracias a mis manos puedo mirar con ambos ojos, sin que la almohada me lo impida. Me pregunto dónde estoy, quiero moverme pero no logro juntar las fuerzas, el deseo de quedarme ahí acostado, indefinidamente, es mucho más grande que mi curiosidad. Me siento extrañamente cómodo, como si estuviera en mi casa, como si estuviera en ese lugar que intento encontrar con tanto viaje y tanto pensar. Alcanzo a ver una biblioteca y una computadora. Tirado sobre la cama, descansa El Principito y un sobre sin abrir, alcanzo a distinguir mi caligrafía en el reverso. Alguien entra, una mujer, se sienta sin revelarme su rostro, sumado a esto, mi vista parece cansada y no logro distinguir con claridad. Veo los mechones marrón clarito, veo las manos blancas y los dedos que juegan con un par de anteojos negros. Sin darse vuelta, extiende su mano y agarra el sobre, puedo distinguir el ruido que hace al abrirlo pero, una vez que comienza a leer en voz alta, no logro identificarla. La carta es mía, por lo menos yo la escribí, el tono y las palabras lo revelan. La voz se ríe de a ratos, también de a ratos se quiebra, como si un dolor profundo la invadiera. Incapaz de hacer otra cosa que escuchar, dejo que las palabras, mis palabras, ahora de ella, floten por la habitación y descansen en mi oído. Se da vuelta, mis palabras me ocultan su rostro, sólo veo su cuello y luego una hoja blanca estampada de una horrible caligrafía. Sin mover siquiera un poco el papel, se acuesta en la cama, simétrica a mi. Está tan cerca que puedo sentir como esos labios que aún no vi tiemblan, puedo escuchar la única gota salada que se escapa entre sus ojos, puedo percibirte y sin embargo mis propias palabras me niegan la posibilidad de descubrirte. El velo que te cubre se cae, y entonces puedo descubrir esos labios, ese rostro y esas palabras que suenan más imaginarias que reales:
-Te extraño.
Quiero retardar el encuentro, evitar que mi mente me saque de ese cuarto y me devuelva al asiento del tren, pero ella es más fuerte y una voz que no entiendo dice la palabra “Brugge”. Bajo del tren por inercia, porque todos así lo hacen, yo sólo puedo pensar en tus palabras
Souvenir
¿Por qué no le había pedido una torre eiffel en miniatura como todo el mundo? Claro, si ella le hubiera pedido algo así él se le habría reído en la cara, pero ahora, frente al coloso de hierro, perdido entre tantos puestos, maldecía su suerte. Tenía que encontrar el regalo perfecto. Nada le gustaba, nada era lo suficientemente raro, nada tenía el precio justo, ni muy caro ni muy barato, nada era lo suficientemente cómodo como para llevarlo encima por un mes más. Regarle un libro habría sido como regalarle una plancha a una ama de casa, algo útil, incluso lindo, pero útil, ese era el problema. Nadie quiere que le regalen algo útil, una lápicera es útil, un par de medias también, un regalo no tiene que ser algo útil, algo así no es un regalo, es un recordatorio del trabajo, nada más. La casita de muñecas artesanales era lo suficientemente inútil y linda, pero era demasiado grande, y ni hablar del precio.
Se había levantado a las diez de la mañana, había desayunado un café y un cigarrillo, había saludado a Marie, su anfitriona, y había dejado el apartamento de Montmartre. Otro café frente a la torre y ya estaba listo para empezar su búsqueda. Ya eran más de las dos de la tarde, y empezaba a fastidiarse. No terminaba de disfrutar su estancia en París, el regalo lo acosaba, cada segundo caminado por la ciudad era un segundo que pasaba sin conseguir el regalo.
A las tres volvió al apartamento, cansado y entumecido por el frío cada vez más feroz. Marie Margeux le dijo que tenía una carta, lo cual podía significar una sola cosa, le había respondido su carta. Podían mandarse mails como todo el mundo, claro, pero todo el mundo le pidió torres eiffeles en miniatura y ella le había pedido otra cosa. El malhumor se disipó, le encantaba sentarse en el balcón que miraba a la Rue des Gravilliers y leer sus cartas mientras fumaba un Gitanes negro y soplaba el humo de su café.
La carta no decía mucho, por lo menos en un sentido corriente, no le comentaba importantes noticias ni lo ponía al tanto de nada. La carta era, completamente, inútil. Le gustó que la carta fuera tan inútil, realmente se había esmerado al escribirla. El problema radicaba en que ahora se encontraba en una posición mucho más crítica. Ahora estaba obligado a conseguir un buen regalo, un regalo tan inútil y hermoso que ningún otro regalo pudiera superarlo. Era lo justo, lo lógico, ella se había esforzado a la hora de escribir la carta y el ahora debía esforzarte más, conseguir a toda costa ese regalo, aunque tuviera que recorrer todo París.
-Che Marie
-¿Oui?
-Savez-vous où je peux acheter un souvenir ?
-Emm, á la torre eiffel.
-Mais je en veux pas la Tour eiffel.
-Non, non la, á la Tour eiffel.
-Ce que je peu acheter á la torre eiffel?
-Une petite torre eiffel.
-Merci.
-De rien.
Una torre eiffel, hasta los parisinos querían una torre eiffel, y eso que ya tenían la grande.
-Je partons.
-Au revoir.
Nuevamente afuera, salir de Montmartre y alejarse lo más posible de la torre, sabía que ahí no iba a encontrar lo que quería. Fue al cementerio, visitó la tumba de Morrison y después fue hasta el cementerio de Montparnasse, se detuvo unos instantes frente a la tumba de Cortázar, Marie no sabía quién era, le había sorprendido el hecho de que muchísimos franceses desconocían la existencia de ese escritor argentino que tanto tiempo había vivido en Francia y que seguía habitando entre ellos, a sólo dos pasos o un colectivo, dependiendo de donde viviera uno. Cuando vio su tumba se acordó de “Silvia”, no conocía la existencia de ese cuento hasta que llegó a Paris, pero le había encantado. Se pasaba horas releyendo cada palabra, cada adjetivo que usaba para describir a Silvia. Incluso había pensado en regalarle ese mismo libro a ella, pero lo había descartado por considerarlo útil.
El instante se convirtió en tres horas y cuando quiso darse cuenta ya eran las siete de la tarde y empezaba a anochecer en el cementerio. No le importaba demasiado, pero tampoco le atraía la idea de pasar la noche en un cementerio. Pensó que era hora de volver a la casa, saludar a Marie, preparse alguna cena rápida y destapar un vino. Por otro lado, todavía era temprano para cenar, lo más sensato era volver caminando al departamento, así llegaría la hora de la cena y de paso tendría la oportunidad de mirar algunas tiendas en busca del regalo.
La búsqueda, por su puesto, resulto inútil. Sacó algunas fotos que no terminaron de convencerlo, compró un vino al recordar que la noche anterior se había tomado el último y entró en algunas ferias americanas, si es que tal idea existía en París. Cuando entró en las ferias pudo olvidarse por un rato del regalo, se centró en encontrar un sobretodo, uno que reemplazara el que había perdido un mes atrás en Madrid, ninguno lo convenció. Algunos eran demasiado cortos, otros demasiado caros y algunos, los menos, demasiado grises.
Cuando llegó al departamento Marie no estaba, no la conocía lo suficiente como para descubrir a dónde podría haberse ido un jueves por la noche. Aprovechó su inesperada soledad para escuchar música en un volúmen considerable y se puso a cortar cebolla, el menú iba a ser el mismo de los últimos tres días, fideos con tuco. Había una especie de chorizo parrillero en la heladera, pero pensó que era demasiado atrevido usar la comida de Marie sin consultar. Cuando terminó de comer se prendió un cigarrillo y se sirvió la primer copa de vino de la noche.
Cuando sonó el timbre se felicitó mentalmente por no haber caído en la tentación de sacarle la comida a Marie, probablemente volvía famélica y algo irritada por haberse olvidado las llaves. Una publicidad de perfumes se le vino a la cabeza. Mientras bajaba las escaleras entonó la melodía de la publicidad mientras suplantaba la palabra “marine” por Marie. Desde abajo escuchó como volvía a tocar el timbre, para esas alturas, probablemente, Marie se estaba imaginando que él no estaba y había empezado a ponerse seriamente de mal humor, él, estando en esa misma situación, se habría puesto de pésimo humor.
No era Marie, no era nadie que se podría haber imaginado parado frente a la puerta del departamento de Montmartre en la calle des Gravilliers. Sostenía un paquetito envuelto en papel violeta de regalo en la mano izquierda y un bolso de mano en la derecha.
-Sabía que ibas a tener problemas para encontrarme un buen regalo, así que me tome la molestia de venir a buscarlo por vos.
Cerró la puerta con llave, si Marie se había olvidado las suyas tendría que pasarse un buen rato tocando el timbre.
martes, 19 de octubre de 2010
Hipocóndriaco del sexo
Me gusta tener sexo, cojer digamos. El problema es cuando se me meten todas esas cosas de por medio, cuando intento calmarme y no logro más que llamar a gritos a mis miedos. Ahí viene, ya está llegando la Medomalacufobia, tiene un nombre horrible, en persona es peor. Me concentro, intento evadirla a cualquier costo, cada esfuerzo mental me deja más a la merced de la maldita Medomalacufobia, con el tiempo me dejo decirle Medomala a secas. Lo más extraño del asunto es que de chico sufría por la Itifalofobia, cuando me acosté con alguien por primera vez mis miedos pasaron a ser lo contrario. Cómo si en esa primer experiencia más que flujos hubieramos intercambiado palabras, yo te doy Itifalo, vos prestame Medomala. Claro que una mujer con Medomalafobia no debe de ser muy frecuente, quizás yo tuve mala suerte nomás.
Una vez salí con una falofóbica, no sé qué o el de quién la había dejado impresionada. La relación, obviamente, no funcionaba. Empecé a usar shorts ajustados, la mina me dejó a los tres días, las cosas salieron a la perfección.
Otra vez hice caso a mi psicóloga e intente superar mis miedos, a la gente no le gustó que me masturbe en el colectivo, pero por lo menos ya no sufría de Parafobia.
También pensé, engañadamente, que odiaba el post-coito por razones emocionales, como si todo el mundo se me viniera abajo cada vez que terminaba de coger con una desconocida, después descubrí que eso tenía un nombre, Gimnofobia.
Hay pocos miedos sexuales que nunca experimenté: Genofobia, homofobia (aunque en realidad, la idea de ser gay siempre me asustó un poco), heterofobia...No sé si afirmar que sufrí Eurotofobia, miedo, lo que se dice miedo, nunca les tuve, pero un poco de asquito, de niño que ve eso y se tapa los ojos horrorizado, eso sí.
Con esto logré vencer otro miedo, mi psicóloga coincide en que ya no sufro de Erotofobia.
Igual, lo que más me preocupa es la dialéctica Medomala-Itifalo. Sospecho que toda nuestra vida (que no es tan larga) se rige por esos dos principios: arriba, abajo. Al final, todo depende del contexto, ser un poco medomalafóbico en medio del acto sexual, tiene sentido, al igual que ser un poco itifalofobico en medio del colectivo. Si estuvieramos en una cama, encima de un bondi ¿Cómo reaccionarían nuestra fobias? Menos más menos es más, pero ¿Cuál es más? ¿La medomala o el Itifalo? Yo supongo que siempre es mejor la medomala, sin importar dónde estés.
Estoy decidido a escribir un poema con estás fobias, no tengo idea de cómo empezar, sólo tengo el final:
“Nena, por vos padezco de Venustrafobia.”
Estoy decidido a escribir un poema con estás fobias, no tengo idea de cómo empezar, sólo tengo el final:
“Nena, por vos padezco de Venustrafobia.”
domingo, 17 de octubre de 2010
Quienes esperan
-Ya llega, ya llega. Rápido, pasame eso que quiero estar preparada.
Ya llega, él ya llega. Todos esperan. Se prenden un cigarrillo y miran una vez más el reloj. Él piensa en eso, la idea lo pone feliz. Ese aeropuerto es su isla al mediodía. No suele viajar mucho, no, pero imaginó ese viaje unas cuantas veces, muchísimas. Sintiendo la isla cada vez más cerca, apretando los dedos contra el apoyabrazos, conteniendo la emoción, molestándo al hombre que se sienta al lado de él, del lado de la ventana. Mirando cuatro películas seguidas, no recordaría ninguna. Pensando, imaginando, inventando.
-Ya llega, ya llega, está a unas pocas cuadras. Pasame eso de una vez, ¡Querés!
¿Cómo estará? ¿Qué llevará puesto? ¿Irá directo para ahí o irá primero a su casa? ¿La extrañará? ¿Se acordará de cómo es? ¿Se decepcionará cuando la vea? Un poco de maquillaje, lo justo, los excesos no le gustan. Él no le dijo, no le avisó que volvía, se enteró por otros, ¿Por qué lo escondió? ¿Lo escondió? ¿Y si no viene?.
-¡Podés cortarla un rato María!
-¡Mierda!
-¿Qué?
-Me corté. Salgán todos de mi cuarto, ¡La puta madre!.
La puerta se cierra. Lágrimas, miles de lágrimas que se escapan de entre las manos de María. Tiene un paquete de Marlboros en el cajón, los busca desesperada, deben de tener unos 8 meses ahí, se prende uno no sin antes dar vuelta el cuarto buscando un encendedor. El cigarrillo se moja, tiene puntos salados por todas partes. Abre el segunda cajón, el de la izquierda, dentro de un sobre están todos los demás sobres. Los saca uno por uno, despacio, intentando no mojarlos. Quince de septiembre, cinco de octubre, siete de noviembre, catorce de diciembre, dos mil once sigue vírgen de cartas. Ahora le toca escribir a ella, no sabe bien por qué, simplemente tiene esa certeza. Muerde el cigarrillo, muerde la lapicera y se muerde la lengua. ¿Querido? ¿Pablo a secas? ¿Omitir los saludos? ¿Ahora qué hace? ¿Se pará enfrente de la puerta de su casa y espera a ver que le sale? De seguro termina diciendo algo mucho más tonto de lo que habría querido decir. Negro, a él le gusta el negro, pero también le había dicho que le gustaba el sueter verde. Pantalón negro y sueter verde. ¿Dónde está diciembre? ¿Dónde lo dejó? Da vuelta el colchón, no está ahí, los cajones, la biblioteca, nada. ¿Dónde? Se ríe un poco y busca debajo de noviembre, ahí está. Mirá el reloj, se da cuenta que no tiene idea a qué hora llega, lo vuelve a mirar. ¿Y si ella va al aeropuerto? Demasiado evidente, demasiado alevoso, demasiado arriesgado. Piensa en tomar algo, recuerda que es de mediodía y que ella no toma, nunca. ¿Por qué siempre se le cruzó por la cabeza que iba a llegar durante el mediodía? ¿Y si llega a la noche? ¿Si está muy cansado como para moverse de su casa? Va a llegar al mediodía, está segura.
Deja de llorar y guarda las cartas, la ventana abierta hace de cenicero. Cierra los ojos e intenta calmarse. Pone la canción que van a bailar juntos cuando él llegue. Se tira en la cama y logra tranquilizarse. Un auto pasa por la calle. Escucha como el motor se apaga, el celular suena. Corre, salta los veinte escalones que la separan de la entrada, se para frente a la puerta e intenta poner cara de tranquilidad, nunca aprendió el arte de dominar las expresiones faciales.
-El vuelo desde París-Francia anuncia su partida con destino Buenos Aires-Argentina a las quince horas veinticinco minutos.
Pablo abre los ojos, si todo sale bien estará en Ezeiza al mediodía. Sí, va a llegar al mediodía, está seguro.
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