Una vez acomodado en este tren que me aleja un poco más de otra de mis casas, cierro los ojos y recuento todos mis miedos inmediatos: Últimamente la tarjeta de débito estuvo andando muy mal, no sería extraño que me quedase sin dinero en el medio de un pueblito del norte de Europa, no hice la reserva del hostel, la última vez que chequeé en internet la disponibilidad sólo me aparecía uno, quizás si corro llego antes que la otra masa turística y logro hacerme con un rinconcito.
Me gustaría, de a ratos, volver a casa, a mi casa. Aunque no más sea por un instante, me gustaría sentarme en la mesa dominguera, aunque mi viejo y mis hermanos no me puedan ver, solamente quisiera estar ahí, mirar cada rostro y cada palabra con detenimiento. Nacho hace algún chiste en base a su temática preferida, las pijas. Make y Paula empiezan a jugar con la pija, con la palabra, claro está. Una vez sorteado el momento fálico, la discusión política invade la mesa, los defensores del gobierno cuentan con uno menos ahora que yo no comparto esa mesa, no importa, de todos modos lo solucionan gritando un poco más alto, así parecen tres en lugar de dos. Y el viejo mira, no sé bien qué mira, no es una mirada pasiva, impávida frente a la escena que se le presenta, lo cierto es que es un activista importante del almuerzo, pero sin embargo se detiene cada tanto y mira. Prende un cigarrillo y se detiene uno por uno, Lucía ya es demasiado grande, Santiago habla como un adulto, en cualquier momento podría empezar a fumar. Y entonces, en ese recuento de rostros, mira hacia donde estoy yo, me mira, mira el espacio vacío que yo ocupo o no, dependiendo de quién mire. No creo que pueda verme, su rostro no indica eso, más bien parece que me estuviera imaginando, él, imaginándome en el preciso momento en que yo imagino al resto de mi familia, mientras construyo un recuerdo detallado y preciso que incluye voces, rostros y migas de pan. Se me queda mirando, o imaginando, sólo por unos segundos y luego sigue con el recuento, esta vez mira a la otra silla vacía, la verde, supongo que imagina a Cecilia, que está tan lejos, y yo hago lo mismo, como un homenaje, como una suerte de conexión entre esas dos imaginaciones que juegan a acercarse pero que nunca se tocan.
Ignacio le grita algo al viejo, a mi me piden el billete de tren.
Ahora estoy en otro lugar, en otra forma incluso, puedo girar y ver las caras de todos mis amigos, sentados alrededor de esas conocidas mesas negras, comiendo maní compulsivamente mientras vacían sus vasos de cerveza. Tardo unos minutos en descubrir que, de hecho, yo soy la cerveza en el interior de la botella. Antes no lo era, eso quizás explica el hecho de que no esté fragmentado en los 7 vasos de mis 7 amigos. La conversación no es muy animada, sólo es una de esas charlas en las que nos enfrascamos más por inercia que por otra cosa, nos comportamos como ratas que se acurrucan buscando un poco de calor, esos somos notros. La simple presencia del otro, por más aburrida que sea, nos reconforta, nos sostiene. Noto con algo de terror y curiosidad que 4 de los 7 vasos ya están vacío, no puedo evitar preguntarme qué irá a pasar, qué sentiré cuando me vea fragmentado. Sin embargo, todavía debo esperar un rato, nuestras reglas indican que servirse un nuevo vaso antes de que uno haya terminado es una desfachatez, excepto, claro, que uno de los muchachos tenga la caradurez de tardar más de 17 minutos en terminar sus 330 ccl de cerveza. Contra todos mis pronósticos, Sebastián no es el último. Martín, quien usualmente es el primero en terminar su cerveza y el primero en apurar a Sebastián, es el último. Algo debe de estar molestándolo, quizás volvió a pelearse con la novia, quizás se le cruza por la cabeza la posibilidad de dejarla, quizás no vea la hora de irse de vacaciones, quizás sea todo eso junto.
Finalmente termina. Me siento deslizar lentamente por cada vaso, el frío del vidrio me invade y me siento muy cómodo, no es extraño teniendo en cuenta que ahora soy cerveza. Ya estoy en cada vaso, puedo mirar a mis otras 6 partes y a 6 de mis amigos, necesito mucha concentración para lograr ver a los 7 al mismo tiempo. Martín bebe, primero un trago pequeño, luego otro más. A pesar de mis temores, no termino en los fétidos estómagos de mis amigos, me transformo en palabras, en palabras y en humo de cigarrillos. Alguno pregunta a los otros si están al tanto de la última que me pasó, todos se ríen, Martín se termina rápido su cerveza, el altoparlante del tren anuncia que la próxima estación es mi destino.
Para mi tranquilidad, vuelvo a sentir mis manos, mis piernas, cada fibra de mi cuerpo que minutos atrás había perdido. Lo que no puedo sentir es el incómodo asiento del tren. En su lugar, siento como mi cabeza descansa sobre una almohada blanca y mullida. La cama está hecha. Cuando abro los ojos noto mi posición, esa que uso cuando estoy particularmente triste: Mis dos manos unidas, descansando sobre mi cachete izquierdo, las rodillas a la altura del pecho. Gracias a mis manos puedo mirar con ambos ojos, sin que la almohada me lo impida. Me pregunto dónde estoy, quiero moverme pero no logro juntar las fuerzas, el deseo de quedarme ahí acostado, indefinidamente, es mucho más grande que mi curiosidad. Me siento extrañamente cómodo, como si estuviera en mi casa, como si estuviera en ese lugar que intento encontrar con tanto viaje y tanto pensar. Alcanzo a ver una biblioteca y una computadora. Tirado sobre la cama, descansa El Principito y un sobre sin abrir, alcanzo a distinguir mi caligrafía en el reverso. Alguien entra, una mujer, se sienta sin revelarme su rostro, sumado a esto, mi vista parece cansada y no logro distinguir con claridad. Veo los mechones marrón clarito, veo las manos blancas y los dedos que juegan con un par de anteojos negros. Sin darse vuelta, extiende su mano y agarra el sobre, puedo distinguir el ruido que hace al abrirlo pero, una vez que comienza a leer en voz alta, no logro identificarla. La carta es mía, por lo menos yo la escribí, el tono y las palabras lo revelan. La voz se ríe de a ratos, también de a ratos se quiebra, como si un dolor profundo la invadiera. Incapaz de hacer otra cosa que escuchar, dejo que las palabras, mis palabras, ahora de ella, floten por la habitación y descansen en mi oído. Se da vuelta, mis palabras me ocultan su rostro, sólo veo su cuello y luego una hoja blanca estampada de una horrible caligrafía. Sin mover siquiera un poco el papel, se acuesta en la cama, simétrica a mi. Está tan cerca que puedo sentir como esos labios que aún no vi tiemblan, puedo escuchar la única gota salada que se escapa entre sus ojos, puedo percibirte y sin embargo mis propias palabras me niegan la posibilidad de descubrirte. El velo que te cubre se cae, y entonces puedo descubrir esos labios, ese rostro y esas palabras que suenan más imaginarias que reales:
-Te extraño.
Quiero retardar el encuentro, evitar que mi mente me saque de ese cuarto y me devuelva al asiento del tren, pero ella es más fuerte y una voz que no entiendo dice la palabra “Brugge”. Bajo del tren por inercia, porque todos así lo hacen, yo sólo puedo pensar en tus palabras
No hay comentarios:
Publicar un comentario