¿Por qué no le había pedido una torre eiffel en miniatura como todo el mundo? Claro, si ella le hubiera pedido algo así él se le habría reído en la cara, pero ahora, frente al coloso de hierro, perdido entre tantos puestos, maldecía su suerte. Tenía que encontrar el regalo perfecto. Nada le gustaba, nada era lo suficientemente raro, nada tenía el precio justo, ni muy caro ni muy barato, nada era lo suficientemente cómodo como para llevarlo encima por un mes más. Regarle un libro habría sido como regalarle una plancha a una ama de casa, algo útil, incluso lindo, pero útil, ese era el problema. Nadie quiere que le regalen algo útil, una lápicera es útil, un par de medias también, un regalo no tiene que ser algo útil, algo así no es un regalo, es un recordatorio del trabajo, nada más. La casita de muñecas artesanales era lo suficientemente inútil y linda, pero era demasiado grande, y ni hablar del precio.
Se había levantado a las diez de la mañana, había desayunado un café y un cigarrillo, había saludado a Marie, su anfitriona, y había dejado el apartamento de Montmartre. Otro café frente a la torre y ya estaba listo para empezar su búsqueda. Ya eran más de las dos de la tarde, y empezaba a fastidiarse. No terminaba de disfrutar su estancia en París, el regalo lo acosaba, cada segundo caminado por la ciudad era un segundo que pasaba sin conseguir el regalo.
A las tres volvió al apartamento, cansado y entumecido por el frío cada vez más feroz. Marie Margeux le dijo que tenía una carta, lo cual podía significar una sola cosa, le había respondido su carta. Podían mandarse mails como todo el mundo, claro, pero todo el mundo le pidió torres eiffeles en miniatura y ella le había pedido otra cosa. El malhumor se disipó, le encantaba sentarse en el balcón que miraba a la Rue des Gravilliers y leer sus cartas mientras fumaba un Gitanes negro y soplaba el humo de su café.
La carta no decía mucho, por lo menos en un sentido corriente, no le comentaba importantes noticias ni lo ponía al tanto de nada. La carta era, completamente, inútil. Le gustó que la carta fuera tan inútil, realmente se había esmerado al escribirla. El problema radicaba en que ahora se encontraba en una posición mucho más crítica. Ahora estaba obligado a conseguir un buen regalo, un regalo tan inútil y hermoso que ningún otro regalo pudiera superarlo. Era lo justo, lo lógico, ella se había esforzado a la hora de escribir la carta y el ahora debía esforzarte más, conseguir a toda costa ese regalo, aunque tuviera que recorrer todo París.
-Che Marie
-¿Oui?
-Savez-vous où je peux acheter un souvenir ?
-Emm, á la torre eiffel.
-Mais je en veux pas la Tour eiffel.
-Non, non la, á la Tour eiffel.
-Ce que je peu acheter á la torre eiffel?
-Une petite torre eiffel.
-Merci.
-De rien.
Una torre eiffel, hasta los parisinos querían una torre eiffel, y eso que ya tenían la grande.
-Je partons.
-Au revoir.
Nuevamente afuera, salir de Montmartre y alejarse lo más posible de la torre, sabía que ahí no iba a encontrar lo que quería. Fue al cementerio, visitó la tumba de Morrison y después fue hasta el cementerio de Montparnasse, se detuvo unos instantes frente a la tumba de Cortázar, Marie no sabía quién era, le había sorprendido el hecho de que muchísimos franceses desconocían la existencia de ese escritor argentino que tanto tiempo había vivido en Francia y que seguía habitando entre ellos, a sólo dos pasos o un colectivo, dependiendo de donde viviera uno. Cuando vio su tumba se acordó de “Silvia”, no conocía la existencia de ese cuento hasta que llegó a Paris, pero le había encantado. Se pasaba horas releyendo cada palabra, cada adjetivo que usaba para describir a Silvia. Incluso había pensado en regalarle ese mismo libro a ella, pero lo había descartado por considerarlo útil.
El instante se convirtió en tres horas y cuando quiso darse cuenta ya eran las siete de la tarde y empezaba a anochecer en el cementerio. No le importaba demasiado, pero tampoco le atraía la idea de pasar la noche en un cementerio. Pensó que era hora de volver a la casa, saludar a Marie, preparse alguna cena rápida y destapar un vino. Por otro lado, todavía era temprano para cenar, lo más sensato era volver caminando al departamento, así llegaría la hora de la cena y de paso tendría la oportunidad de mirar algunas tiendas en busca del regalo.
La búsqueda, por su puesto, resulto inútil. Sacó algunas fotos que no terminaron de convencerlo, compró un vino al recordar que la noche anterior se había tomado el último y entró en algunas ferias americanas, si es que tal idea existía en París. Cuando entró en las ferias pudo olvidarse por un rato del regalo, se centró en encontrar un sobretodo, uno que reemplazara el que había perdido un mes atrás en Madrid, ninguno lo convenció. Algunos eran demasiado cortos, otros demasiado caros y algunos, los menos, demasiado grises.
Cuando llegó al departamento Marie no estaba, no la conocía lo suficiente como para descubrir a dónde podría haberse ido un jueves por la noche. Aprovechó su inesperada soledad para escuchar música en un volúmen considerable y se puso a cortar cebolla, el menú iba a ser el mismo de los últimos tres días, fideos con tuco. Había una especie de chorizo parrillero en la heladera, pero pensó que era demasiado atrevido usar la comida de Marie sin consultar. Cuando terminó de comer se prendió un cigarrillo y se sirvió la primer copa de vino de la noche.
Cuando sonó el timbre se felicitó mentalmente por no haber caído en la tentación de sacarle la comida a Marie, probablemente volvía famélica y algo irritada por haberse olvidado las llaves. Una publicidad de perfumes se le vino a la cabeza. Mientras bajaba las escaleras entonó la melodía de la publicidad mientras suplantaba la palabra “marine” por Marie. Desde abajo escuchó como volvía a tocar el timbre, para esas alturas, probablemente, Marie se estaba imaginando que él no estaba y había empezado a ponerse seriamente de mal humor, él, estando en esa misma situación, se habría puesto de pésimo humor.
No era Marie, no era nadie que se podría haber imaginado parado frente a la puerta del departamento de Montmartre en la calle des Gravilliers. Sostenía un paquetito envuelto en papel violeta de regalo en la mano izquierda y un bolso de mano en la derecha.
-Sabía que ibas a tener problemas para encontrarme un buen regalo, así que me tome la molestia de venir a buscarlo por vos.
Cerró la puerta con llave, si Marie se había olvidado las suyas tendría que pasarse un buen rato tocando el timbre.
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