No siempre me asustaron las mujeres.
A veces, hace mucho, las mujeres eran
las únicas
que me hacían sentir cómodo, del
mismo modo que
los adultos me fascinaban.
Toda mi vida sostuve un pacto
secreto que me unía a los viejos y
a las mujeres,
toda la vida.
Paradójicamente me asustaban las
mujeres
viejas y envejecer.
Paradójicamente hoy me asusta
envejecer y
dejar de amar a una mujer.
Yo no quiero envejecer en una casa
repleta de risas infantiles ni
pasar todas mis tardes decidiendo qué
frase moralizante será la mejor
para educar a unos niños
perfectos en su inicial y fugaz
inocencia cultural.
Sólo quiero tres mil tardes, quizás
más,
en un parque, en mi jardín, en el
pasto;
riéndome de la dulce paradoja de ser
viejo y no envejecer.
Que mis dientes caigan muertos en
picada
que tus labios se remojen en mi nunca
gastada
saliva.
Que el silencio sea sólo necesario en
las horas de dormir.
Yo no quiero que la vida ordinaria me
consuma
estas ganas de reír que se me escapan
ni unos ojos que se cansan de mirar
desde tu espalda
al nacimiento de tus pechos.
Sólo quiero que tus circularmente
perfecto pezones sean
mi laguna preferida y que sean un
misterio
aún después de las tres mil tardes y
los dientes
que se caen en picada.
Sólo quiero que la vida le huya al
nombre y que nunca
pero nunca, dé
por supuesto lo impredecible.
Que el sin porqué sea incógnita y me
desvele
no saber si volveré a ver el marrón
de sus pezones.
Yo no quiero que el sexo sea dado por
hecho
ni que el coño sea un deus ex
machina.
Yo prefiero que tus labios carnosos, de
la boca a la vagina,
me sorprendan cada día.
Sólo quiero que la historia sea
predecible
en un aspecto tan básico como el
transcurrir.
Todo lo demás, las peleas y los
gritos, no me preocupan.
Mientras sepa que al final del del día
sólo será
mis dientes cayendo en picada y tus
labios bebiendo mi saliva.