¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

jueves, 14 de marzo de 2013

Ramificaciones


Jugamos con la idea y yo estoy perdido desde un comienzo sin saberlo. ¿Quién diría que tu fuerte son las lecturas? Salir, tomar y desarmar, hasta el infinitivo. Todas las noches busco la cadencia, todas las noches. Y si me encuentro caminando en tu abrazo amoroso descubro el ritmo inaprensible. Soy hijo del hombre, y mi carne sangra. Me sueño desnudo, pero qué importa. La corporeidad también es ritmo. Y mis dedos se agitan al compás, y mi mente reproduce desde su más absoluta inmovilidad cada sentido realzado en cada circunstancia específica. Si escucho una cuerda la hago sonar, como si la intertextualidad no fuera un fenómeno meramente literario, como si la teoría interpretativa de la literatura pudiera expanderse a todos los fenómenos de nuestras vidas. Transformo sin saberlo y lo disfruto. Me fusiono en ese flujo de sensaciones que aparenta una unidireccionalidad absolutamente falsa. Somos uno, quizás ese sea el secreto mejor guardado de la existencia. Y entonces entiendo la exigida capacidad de sentir en lo más profundo cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Y entonces entiendo que justamente, por estar en medio del tarro, nos vemos obligados a ser conscientes de todo lo bello y de todo lo trágico que este mundo nos brinda. Debemos cargar con la culpa de no ser mejores de lo que deseamos y al mismo tiempo apuntar a no aguantar la mediocridad.
Y en ese lugar entra el arte, se filtra impetuosamente entre nuestras venas clasistas y nos obliga a mirar, a descubrir, a sentir por encima de cualquier otra cosa. Una canción alimenta mis palabras y mis dedos sienten el ritmo, no es necesario siquiera mirar, no es necesario entender ni detenerse a buscar una interpretación adecuada. Nos conectamos en todos los niveles que permitimos. Intentamos refugiarnos detrás de banalidades y distracciones pero en aquellos hombres condenados la banalidad no tiene más que una transitoria y poco efectiva repercusión.
Somos los dementes del siglo, de cualquier siglo. Somos la genealogía milenaria y sectaria de aquellos que nos reinventamos en cada gesto, cada mirada inquisidora, cada reproche social. Y entonces las excusas no nos bastan, por más que así lo quisiéramos. Un impulso primordial nos obliga a continuar en esa dirección. A dejar de lado cualquier tipo de sojuzgamiento y buscar aquellas notas musicales que nos arrastran en un pentagrama espiralado e infinitivo. A fin de cuenta, nuestro tiempo es el de los absolutos y un accidente gramatical no puede determinarnos. Atacar los preconceptos, rescatar lo bello. Morir no es más que un apodo para la aberrante improductividad artística. Y somos locos, y nos gusta. Y gritamos enfervorizados, nos contradecimos y vitoreamos a las personas equivocadas en los momentos menos oportunos. Somos hijos del hombre, hijos de la revolución natural más grande de todos nuestros tiempos.
Encontrar en un pecho el arte curvilíneo del deseo junto con su melodía exacta. Mirar a los ojos realmente. Jactarse de ser un loco, un enfermo, un revolucionario. Y ser tildados de inconstantes o, mejor aún, de anacrónicos. Recoger todos los legados para reconfirmar nuestra carencia absoluta de alguno. Emocionarse hasta las lágrimas curvilíneas por una sucesión de palabras correctamente articuladas. Querer reproducir a la perfección un ritual ancestral, repetir hasta el cansancio una frase que ha quedado flotando en nuestras venas clasistas.
Y quizás no logremos nada, quizás nuestra carencia de legado nos condene irreversiblemente a destacarnos de vez en cuando por una genialidad individual. ¿Pero qué importa si sólo recuerdan de vez en vez a Cortázar o al Che? ¿Qué importa, si logramos, como sujetos, encontrar en ellos la definición absoluta y atemporal de nuestro único deseo y objetivo? La muerte tampoco es un absoluto, sino seríamos mortalmente inmortales. Y el milagro secreto es, a fin de cuentas, la repetición ad eternum de una melodía en LA menor.

lunes, 4 de marzo de 2013

Habitaciones


No encuentro las palabras que preciso, y entonces siento que por una sola vez, por una sola tarde, es necesario realizar el movimiento inverso. Ir de lo más pequeño a lo más grande, dejar las palabras mayores para quienes pueden manejarlas y dejar que comiencen primero mis cuatro paredes, casi como un susurro. Reniego de esa concepción que entiende la pasión como nociva y me convierto en el ser más sectario de mi cuarto, también en el único. Recuento todas mis habitaciones, y por cada una procuro retener un recuerdo.
Quizás por ósmosis o inmediatez recuerdo la habitación más deseada, la que perteneció vedada por mucho más tiempo que otras. Recuerdo los escalones y la baranda de madera, los motivos femeninos y la imperfecta impresión de estar en el lugar menos adecuado en el momento más adecuado. La opresión de los muros rojos y el palpitar agitado. Recuerdo haber buscado, también en esa ocasión, las palabras precisas. Se ovillaban al costado del fantasma de un gato blanco, caían insuficientes como gotas que anticipan una lluvia demasiado retrasada. El peso de mi cuerpo sentado sobre la colcha azul de la cama, dos pesos y unas míseras gotas. Volver a mi verdadera habitación o morir bajo la presión abrumadora de las palabras que entonces ya se relamían, caminando por el otro extremo de la calma. Recuerdo haber vuelto mentalmente y el deseo absurdo de la noche interminable, del milagro secreto. La interpretación constante de personajes ajenos y la idea estúpida de coger de una buena vez para poder escribir acerca de ello. La incomodidad y los pezones descubiertos. El sexo poco hollywodense, un sabor a té tibio con limón que exhalaba de sus labios. La certeza de que cualquier bebida sabe mejor cuando otros labios la sirven. Recuerdo los labios alcanzados y los inalcanzables, saber que siempre sería peor persona que personaje. Y las paredes gritando, el fantasma del gato que se niega a la muerte y camina, zizagueando, buscando un hálito que no encontrará en ningún rincón del cuarto rojo. Las entrañas palpitantes y rojas que bien podrían ser vida como también muerte. El soneto a las vísceras que da cuenta, quizás, de uno de los fenómenos más interesantes de nuestra vida de habitaciones.
Afeito mi mejilla derecha, frente al espejo repito mi nombre y suena raro, cada vez que lo pronuncio. Una escalera de hierro me separa de mi lugar en el mundo. A fin de cuentas nuestras vidas no son más que momentos en grandes y pequeñas habitaciones. E idolatro a la más pequeña, más que a nada en el mundo. Puedo nombrar cada ritmo, cada paso y cada olor que atravesó esa escalera para entrar, impetuosamente en mi universo sectario y personal. Puedo dar cuenta de cada pelo y cada colilla guardados, cuidadosamente, en mi biblioteca con fondo falso. No me gusta afeitarme toda la barba, me vuelvo más irreconocible y temo perderme en la escalera de hierro o, peor aún, que las paredes repintadas de mi cuarto me rechacen atemorizadas. Ya bastante debe costarles reconocerme. Yo era un niño, y deseaba todas las habitaciones menos la mía, pero ella siempre me lo ha perdonado. Ha absorbido cada lágrima ajena y cada golpe violento contra su estructura. La mejilla izquierda, quizás por efecto de mis constantes distracciones, ha quedado un poco despareja.
Si se presta atención uno puede descubrir que las pupilas y los iris son el lugar perfecto para reencontrarse con un falso pero reconfortante sentido de identidad. Separadas son prácticamente la nada misma, pero juntas constituyen un mapa exacto, un tatuaje de nuestro nombre marcado a fuego. No es necesario engañarse buscando un nombre que nunca va a identificarnos, no es necesario repetir frustradamente una atribución propia que se nos ha dado al nacer sino buscar en ellos. Y sólo así uno logra no sentirse raro, como cuando uno entra, por la noche, a la habitación pequeña.
Y recuerdo ahora incluso una tercera habitación pequeña, algo casi tan reconfortante como saber que en Rayuela la palabra “amor” no aparece la cantidad de veces necesarias para definir ese concepto sino que es sustituida por la noción de matar y renacer, como el fénix. Y la tercera habitación no tiene paredes rojas ni cadencia. En su pequeñez estructural alberga mi aleph personal y sectario, todas las habitaciones que me han contenido. Y su escalera de madera y hierro cruje cuando desde el patio de azulejos celestes sube el hálito vedado al gato fantasma. Y él se siente por primera vez deseado, porque otros labios se lo han servido. Alguien golpea pesadamente la puerta de madera y los vidrios tiemblan, y es grato saber que no es una biblia quien golpea, porque entre sus páginas la palabra “amor” aparece doscientas diez y siete veces. Nadie con tal incapacidad para encontrar las palabras precisas, ovilladas al costado de un gato fantasma, podría encontrar mi cuarto. No existen definiciones perfectas ni palabras exactas, es cierto. Pero en mi cuarto, en la tercera habitación pequeña, tal acumulación de una sola palabra solo puedo ser sinónimo de una de las pocas ideas que no ha logrado distraerme. ¡Mentira! Tu ausencia de variedad lingüística sólo puede personificar la mentira. Y no me gustan los personajes.
Y entonces entiendo, casi fatídicamente para mi escritura, que el fénix también debe ser una mentira y que el concepto principal de Rayuela puede nacer de otra mentira, la más grande que ha existido. Quizás no debiera preocuparme tanto, quizás Jesucristo sólo ha muerto, sólo entonces el fénix de Cortázar podría ser real, como mi gato que me besa y exhala, desde sus labios y su lengua renegrecida el dulce y ácido hálito del té tibio con limón.