Señores: ¡Nos han expulsado de los cafés!
Podría parecer una nimiedad esta ley que obliga a los fumadores a pedir una mesa en la calle, pero lo cierto es que esta aparente trivialidad forma parte de un perverso plan impulsado por los detractores de Adorno. En la Capital Federal, en París, en Londres y en muchas metrópolis más, han logrado que los escritores (los fumadores) sean expulsados a la Avenida Rivadavia, al boulevard du Champs. ¿En qué consiste este perverso plan? Nada más y nada menos que en arrojarnos a las garras de la vida. Ahora resulta imposible escaparle a la narrativa cosmopolita, al sucio indigente que pide una moneda, a la vieja que grita indignada por las calles, a los oficinistas que se prostituyen todos los días a lo largo de ocho horas. Le han dado un golpe de muerte al idilio, ya no es posible soñar, desde el oscuro y acogedor interior, con genios que escapan de lámparas y marinos que se enriquecen de la noche al día. ¿Cómo recuperar la imagen de la eterna narradora oriental cuando las barbas sucias y duras de la mierda citadina nos interpela con sus ojos amarillos de locura? Feliz estaría Lukács viendo como sus postulados triunfan sobre su acérrimo enemigo.
Mueran, mueran portadores de lo bello, sufran cuando el mendigo chupapijas derroche su semen sobre las calles. Miren horrorizados a los niños consumados por el paco que los increpan con insolente violencia. Descubran con sus ojos las tetas gastadas de esas putas que tantas veces han descrito desde la más absoluta de las ignorancias.
De algún modo perderán. Podrán elegir ustedes si su pérdida será la gastada lírica enaltecedora o la áspera bocanada de humo. Un cigarrillo sobre la calle, sabe a mierda de la más pura.
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