“Y descubrís que amor es más que una
noche y juntos ver amanecer”
Cansado de tocar el timbre me volteo. Pateo un papel que rodaba por ahí y me siento en un cantero. Por quinta vez se ha olvidado de mí, probablemente esté borracha en alguna calle de la ciudad. En los últimos días esta situación se me ha hecho más recurrente, ella ebria y fuera de su casa, yo frente a su puerta fumando borracho. Ya no me queda más que añorar y lamentarme por los hermosos días que vivimos. Y sin embargo algo me continúa llevando a la puerta de su casa, noche a noche algún colectivo me acerca a ella para alejarme media hora después. He llegado a sospechar que en realidad si está en su casa y que me evita, pero he descartado esa idea por considerarla totalmente absurda, descabellada diría ella. Articulo una triste sonrisa y me recuerdo que no debo pensar en lo que ella diría o haría. Apago mi mp3 cansado de reproducir sus canciones, aún no me decido a borrarlas. Como si mi situación no fuera lo suficientemente trillada un niño camina mientras toca un acordeón, me pide unas monedas que le doy luego de revisar mis bolsillos. Para colmo la melodía que toca intenta evocar de alguna manera un tango de arrabal. Me río de ese estúpido cliché que acabo de experimentar. El frío de invierno comienza a hacer mella en mí y me planteo seriamente abandonar la puerta de su casa, sacando esperanzas de algún resquicio me decido a quedarme unos minutos más. Pienso que probablemente llegue en cualquier instante, balbuceando una inentendible disculpa y besándome como pidiendo perdón. Se que me miento, en un intento de convencerme que aún le importo, no me molesta saberlo. El niño del acordeón, que aún no ha llegado a la esquina, me mira y mece su cabeza como si quisiera decirme que lo que estoy haciendo está mal. Ahuyento estos pensamientos por considerarlos descabellados, “absurdos” me corrijo. Al mirar el reloj descubro que ya son casi las cuatro, miro mi caja de cigarrillos y caigo en cuenta de que solo quedan dos. Ha llegado el momento de mi partida, antes de cruzar la puerta me volteo por ultima vez y pronuncio un triste “Hasta nunca Verónica”.
Verónica mira su reloj, las cuatro de la mañana. Por última vez contempla la puerta de Franco y gira sobre sus pasos. Mientras pronuncia un dramático adiós piensa en lo absurdo de acudir todas las noches a su puerta, “descabellado” se corrige.
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