¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

jueves, 17 de febrero de 2011

Pensarte

¿Qué se te pasa por la cabeza cuando no decís nada, cuando mirás fijo y te pasás los dedos por el mentón, como si tuvieras barba? Yo me acerco para que puedas tirar de la mía, para que puedas pensar como si tuvieras barba. Tus dedos saben cómo corresponde tirar de una barba cuando se quiere pensar. La palabra “tirar”, de hecho, es bastante violenta, más bien es una mezcla de acariciar y estirar. Nada demasiado violento, nada demasiado suave. Y vos sabés cómo hacer eso que no tiene nombre ni siquiera.
Creo que eso es lo que más extraño, jugar a adivinar qué pasa por tu mente. Claro, también ahora, a lo lejos, podría intentar jugar a lo mismo, pero no sería lo mismo, no sería real. Sólo en sueños, y si mi subconsciente me lo permite, puedo jugar un rato. Entonces te imagino, imagino lo que estás imaginando. A veces pensás en camellos, pero por lo general pensás el el último libro que leíste, en una palabra que escuchaste y que quedó flotando en tus pensamientos, por lo menos eso creo. Cuando te obsesionas con una palabra te quedás especialmente quieta. No jugás con mi barba, con ninguna, dejás que tu mentón descanse sobre la palma de tu mano y ni te inmutás cuando el bretel negro se empieza a deslizar, lentamente. Yo también pienso en esos momentos, pienso en lo que voy a pensar horas, días después, cuando tu bretel deslizándose sea tan sólo un recuerdo, cuando las últimas gotas de tu perfume se empiecen a escapar de mis sábanas. Pienso y deseo ese momento de volver a pensarte frente a mí. Es en esos instantes cuando redescubro que sólo puedo pensarte, en presencia y en ausencia. Quizás sea así porque la idea me atrae tanto como a vos te atraen los camellos, porque sabemos que los lugares comunes no son necesariamente algo malo. Nosotros somos un lugar común, vos sos el espacio en el cual me siento bien, donde dejo de ser amo de mis piernas, las cuales empiezan a temblar, divertidas y ansiosas. Aún no logré descubrir que lugar soy yo para vos, nunca estuviste tan desprotegida como para que yo pudiera averiguarlo. Sólo una vez, cuando descubrimos que nos deseamos, tuve la oportunidad de entender que espacio soy yo, que lugar ocupo. Pero no pude, las piernas me temblaban demasiado, y aunque podría repetir casi por completo las palabras que se pronunciaron esa noche, hay cosas que se me escapan. No recuerdo algunos gestos, algunas miradas, alguna caricia que podría revelarme todo, que me daría la verdad que hoy tanto necesito. Entonces tengo que inventarte, imaginarte, pensarte una vez más, pensarte hasta que llegue el momento de volver.

Niños

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Siempre me imaginé el aborto como algo terrible, no en un sentido moral, más bien en un sentido visual. La mujer aferrada a las frías barras de acero, las tres gotas de sudor sostenidas en la frente y una mandíbula que no quiere ni pretende relajarse. Hay agujas de tejer y mucha sangre, los médicos escarban, buscan la muerte en el vientre mismo. Una atraviesa el pequeño cráneo, otra las palmas de las manos, y así, decenas de agujas hasta que el corazón se detiene y eso yace inmóvil, detentando su corona de espinas y el inescrutable pero conocido INRI.
Paula no grita, no suda ni se retuerce. Sólo se sienta y mira hacia todos lados, un poco nerviosa. Nadie le sostiene la mano, el muy cobarde sigue caminando por Buenos Aires, por un instante siente nauseas y se detiene a vomitar, rojos y verdes se conjugan en el vómito cobarde.
Veinte minutos, ya todo ha sido llevado a cabo. Paula camina sola por la ciudad, no se siente débil ni mareada, sólo un tanto triste. Cae presa de ese gesto compulsivo de las embarazadas y se lleva la mano derecha a la panza, no sabe bien qué hacer. No tiene miedo de lo que digan, nunca le ha importado mucho la opinión de los demás. Espera en la parada del 132, la clínica no estaba en La Cañada, le quedaba más cerca la del centro. Ha hecho lo correcto, lo inevitable. Pero siente, sentir siente. Paula no es una despiadada asesina, Paula es Paula. Ahora siente que tendría que haber hecho lo realmente correcto, sí, lo correcto. Casarse, tener el hijo y vivir una vida que nunca quiso, que nunca pidió. Pero claro, la culpa es de ella, ella se lo buscó. Porque tener un hijo es eso, buscárselo, ser una hija de puta que se merece una maldición divina, el castigo supremo, criar un hijo. Yo quisiera saber cómo alguien podría explicarle eso a Paula, cómo podría obviar las agujas que la flagelan, sortear la mancha roja y verde y decirle de frente, cara a cara, sin ningún tipo de remordimiento, que es una hija de puta, una ninfómana pelotuda, una asesina.
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Celia acaricia a Mara, todavía no es Mara, recién es la primera sílaba. Mara es Ma. La quiere, la desea con todas sus fuerzas. Puede sentir cómo Ma está ahí, preparándose para hacer su magistral aparición, para salir al mundo. Está cómoda, siente el tamborileo de unos dedos que no conoce en persona, que suelen apoyarse puntualmente a las diez de la noche. Ma no sabe cómo nombrar esos dedos, Celia tampoco. Juegan a un juego tan exclusivo que ni siquiera ellas saben con precisión cuáles son las reglas. Las inventan cada noche, con la certeza de que cada una va a estar donde debe estar – Hola Mara- dice Celia -Hola Celia- dice Ma. Están ahí, se quieren sin preguntarse qué es querer. Se sienten sin preocuparse por la barrera que las separa y las une al mismo tiempo. Se han buscado durante meses y se han encontrado en el preciso instante en que Celia se llamaba Celia y Mara se llamaba Mara, aunque sea un nombre de una sola sílaba. Duermen en la misma cama, a algunos psicólogos podría no parecerles bien, a ellas no les importa mucho a decir verdad. No conocen mucho acerca de la tristeza, o por lo menos no recuerdan muy bien que es eso.

No se bien cuál es el tema de las perspectivas y las distancias. No entiendo cómo funcionan, simplemente sé que lo hacen. Claro que uno nunca sabe bien de dónde surge esa nueva perspectiva, es como si un día apareciera y uno asumiera que siempre estuvo ahí, uno se reconoce incapaz de afirmar lo contrario. Un día, así como quien no quiere la cosa, descubrí tu rostro y con él mi pasado. Descubrí que esas vidas que tanto anhelamos son imposibles de alcanzar porque siempre anhelamos lo lejano, deseo esa vida, la tengo, no soy consciente de ello ¿O acaso mis dos deseos más fervientes no fueron siempre un legado artístico y una historia de amor entrevesada? La tengo, joder que la tengo. Tengo esa puta vida con la que siempre soñé, me alcanza con teclear dos palabras en internet para saberlo. Una tía muerta en una muerte para nada romántica, una historia de amor interrumpida por miles de kilómetros de distancia y una historia familiar que si no es trágica, simula serla. La cuestión es cómo, cómo organizar esas partes y armar la historia completa, mi historia.