¿Qué se te pasa por la cabeza cuando no decís nada, cuando mirás fijo y te pasás los dedos por el mentón, como si tuvieras barba? Yo me acerco para que puedas tirar de la mía, para que puedas pensar como si tuvieras barba. Tus dedos saben cómo corresponde tirar de una barba cuando se quiere pensar. La palabra “tirar”, de hecho, es bastante violenta, más bien es una mezcla de acariciar y estirar. Nada demasiado violento, nada demasiado suave. Y vos sabés cómo hacer eso que no tiene nombre ni siquiera.
Creo que eso es lo que más extraño, jugar a adivinar qué pasa por tu mente. Claro, también ahora, a lo lejos, podría intentar jugar a lo mismo, pero no sería lo mismo, no sería real. Sólo en sueños, y si mi subconsciente me lo permite, puedo jugar un rato. Entonces te imagino, imagino lo que estás imaginando. A veces pensás en camellos, pero por lo general pensás el el último libro que leíste, en una palabra que escuchaste y que quedó flotando en tus pensamientos, por lo menos eso creo. Cuando te obsesionas con una palabra te quedás especialmente quieta. No jugás con mi barba, con ninguna, dejás que tu mentón descanse sobre la palma de tu mano y ni te inmutás cuando el bretel negro se empieza a deslizar, lentamente. Yo también pienso en esos momentos, pienso en lo que voy a pensar horas, días después, cuando tu bretel deslizándose sea tan sólo un recuerdo, cuando las últimas gotas de tu perfume se empiecen a escapar de mis sábanas. Pienso y deseo ese momento de volver a pensarte frente a mí. Es en esos instantes cuando redescubro que sólo puedo pensarte, en presencia y en ausencia. Quizás sea así porque la idea me atrae tanto como a vos te atraen los camellos, porque sabemos que los lugares comunes no son necesariamente algo malo. Nosotros somos un lugar común, vos sos el espacio en el cual me siento bien, donde dejo de ser amo de mis piernas, las cuales empiezan a temblar, divertidas y ansiosas. Aún no logré descubrir que lugar soy yo para vos, nunca estuviste tan desprotegida como para que yo pudiera averiguarlo. Sólo una vez, cuando descubrimos que nos deseamos, tuve la oportunidad de entender que espacio soy yo, que lugar ocupo. Pero no pude, las piernas me temblaban demasiado, y aunque podría repetir casi por completo las palabras que se pronunciaron esa noche, hay cosas que se me escapan. No recuerdo algunos gestos, algunas miradas, alguna caricia que podría revelarme todo, que me daría la verdad que hoy tanto necesito. Entonces tengo que inventarte, imaginarte, pensarte una vez más, pensarte hasta que llegue el momento de volver.