¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

miércoles, 24 de junio de 2015

Viejas Malditas

 Los muchachos no creen en las cosas que anduvieron escuchando los últimos días. Un limonero o cualquier otro árbol frutal o cítrico no sorprendería a nadie. Si la mayoría ya sabe de las viejas esas perversas que aprovechan cualquier centímetro escondido en la ciudad para ir y ¡PAM!, plantar la semillita. A los cabos al principio no les parecía nada preocupante, vandalismo extravagante, una moda que ya iba a pasar, como todas. Pero después las viejas habían empezado a hablar entre ellas y hasta a armar pequeños clubes. Las viejas perversas, a la larga el gobierno de la ciudad tuvo que intervenir, hacer declaraciones, llamar a algunos policías de más, asegurar estar detrás de la pista clave que los llevaría de una buena vez por todas a encarcelar por un tiempo a las viejas perversas. Con sus años, era lo mismo condenarlas a muerte, ninguna más vería otra vez la luz del día libre.
Habrán pasado ya unas tres semanas. El gobierno ya no sale tanto a hablar, pero limoneros y las otras cosas violetas siguen habiendo. Cemento se puede tirar, y se tira, pero es barato y no dura mucho, a los pocos días ya está mete que nacer la maldita semillita. Echa esas raíces gigantescas, duras como un pedazo gigante de madera. Y las raíces rompen todavía más y más cemento. Y meta machete, veneno y a veces hasta fuego. Y cae el maldito árbol solamente para que tres días después empiece a asomar alguna cabecita verde que parece de lo más inocente pero que ni bien te das vuelta ¡PAM!, quince metros de raíz dañina y traicionera.
Lo de esta vez es, sinceramente, pasmoso. Algunos escuchamos, no somos todos tan jóvenes, que en otra época hacíamos ciudades enteras con toda esa mugre, que incluso vivíamos con la mugre. Cabecitas verdes, cabecitas verdes cuidadas, alentadas a traicionar, algunas incluso saludadas, como si fuera uno más. Entonces claro que nos preguntamos si esas viejas tienen algo que ver, si serán ellas las descendientes satánicas de alguna malsana y terrorífica costumbre de alentar el crecimiento virulento de esa plaga espantosa. Brujas son, brujas tienen que ser porque no hay una explicación posible que nos solucione lo de hoy, que nos permita entender los horrores que nos toca vivir. Entre dos edificios, para peor. Había quedado un espacio disponible algunos días atrás, y por supuesto que el lugar estaba bien custodiado y se esperaba que todo estuviera listo en cuestión de horas, esta mañana. Pero ni custodios, ni policías, ni el nuevo edificio ya casi listo. Todo en vano, todo al pedo. Como si fueramos a tener que acostumbrarnos a vivir así, sobreviviendo, sin los tubos en la espalda, sin trajes, sin antifaz, sin máscaras. Las mediciones asustan cada vez más a los funcionarios y algunos precavidos ya están buscando trabajo en otras partes, pero no quieren entender que no es solamente acá, en esta ciudad, que la peste azota prácticamente todas las ciudades. Que hasta ya han visto en distintas partes algunas viejas perversar sin los tubos, con una mueca burlona, desnudas frente al mundo.
No somos todos tan jóvenes, y esas cosas las escuchamos, prestamos atención. Pero una cosa son los rumores, los chismes, otra cosa es levantarse a la mañana, salir a mirar por la ventana y ver eso. Ahí nomás arranca la desesperación, ataque de pánico lo llaman, y sentir que los tubos apretan, que el antifaz arranca pedazos de piel, que la máscara empieza a bailar, mojada por el sudor, y que debajo del traje se empieza a sentir frío, frío y húmedo. ¿Qué puede hacer uno cuando todo lo que es se desmorona entre gotas frías de sudor? Se tiran, los pobres malditos, se tiran desde un primer piso o desde un piso cincuenta y tres, pero se tiran y se rompen el alma. ¡Muertos antes que involucionados!
Tienen que ser brujas las viejas malditas, son brujas que sino no se explica. Que frente a la escena del crimen los cabos apenas si pueden mantenerse en pie, que tienen que darse vuelta y pensar fuerte en otra cosa porque sino ahí nomás les da ganas de tirarse y aún estando al nivel del suelo se romperían el alma. Y hoy las mediciones son secretas, y uno piensa si está bien que no larguen las cifras para evitar el pánico o si generan más pánico estándose tan calladitos.

Y caminan las viejas malditas nomás, agarradas de las manos desnudas, sin los tanques, fingiendo que disfrutan todo ese ritual perverso. Son brujas las viejas perversas, si hasta uno les llega a creer que no están sufriendo. Mientras todos los demás miramos con terror las cifras de dióxido de carbono que bajan cada vez más y empezamos a sentir que por los tubos se empieza a escapar el óxigeno que aumenta en la ciudad a pasos agigantados. Las viejas agarradas de las manos desnudas y de fondo el escenario grotesco, cien metros cuadrados de árboles, plantas como garras, hojas verde vómito. Y en la base, coronando el horror, el manto oscuro, el verdor del pasto combinado con la sangre y los cráneos de todos los que se tuvieron que tirar, porque los niveles de dióxido de carbono bajan cada vez más.