En mi escritorio guardo un espacio
en el que entran tres paredes,
un cigarrillo de marihuana, una copa de
vino, cuatro estrellas aleatorias,
los recuerdos de un tiempo iletrado, el
futuro de las páginas con olor a viejo,
vos.
El ritual es sano porque depura pero
sobre todo porque permite recordar.
En un escritorio duermen despiertos los
insolentes,
la historia viva del despertar.
Tengo, cuando me fijo, cuatro paredes,
un marco gastado, un ligero olor a
España y a deja vú.
Elijo, entre tanto objeto obsoleto,
explotar una por una
sus cualidades.
Permito que mi cuerpo ruede de un lado
al otro
entre las sábanas que apestan a
comodidad.
Y entre mis ojos ya caigo en cuenta
de cierta luz que se desprende.
Veo en espejo las letras, las únicas
letras que
para mí alguna vez fueron palabra.
Golpeo con violencia filial los
conceptos
de labor, estudio, vagancia y
maternidad.
Atraviesa -como por arte de sardónico
destino- un haz de luz
la mitad exactamente simétrica de mi
cama que
es tuya.
Y- entiendo- la luz no es capricho sino
destino, divinidad opiácea.
Crujen los pisos.
Desde el colchón de hojas secas surge
el gemido.
Los hombres ya no son lo que quisieran
ser.
Viven fatigados de tanta ilusión
incumplida,
de tanto trajín falsamente insomne.
Ya no sueño con tres paredes de
marihuana.
Y da igual el momento de la copa.
El sueño es uno y nada.
El sueño, revela el insomnio, yace en
tu cama.