¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

jueves, 2 de enero de 2014

Espejo

En mi escritorio guardo un espacio
en el que entran tres paredes,
un cigarrillo de marihuana, una copa de vino, cuatro estrellas aleatorias,
los recuerdos de un tiempo iletrado, el futuro de las páginas con olor a viejo,
vos.

El ritual es sano porque depura pero
sobre todo porque permite recordar.
En un escritorio duermen despiertos los insolentes,
la historia viva del despertar.

Tengo, cuando me fijo, cuatro paredes,
un marco gastado, un ligero olor a España y a deja vú.
Elijo, entre tanto objeto obsoleto, explotar una por una
sus cualidades.

Permito que mi cuerpo ruede de un lado al otro
entre las sábanas que apestan a comodidad.
Y entre mis ojos ya caigo en cuenta
de cierta luz que se desprende.

Veo en espejo las letras, las únicas letras que
para mí alguna vez fueron palabra.
Golpeo con violencia filial los conceptos
de labor, estudio, vagancia y maternidad.

Atraviesa -como por arte de sardónico destino- un haz de luz
la mitad exactamente simétrica de mi cama que
es tuya.

Y- entiendo- la luz no es capricho sino
destino, divinidad opiácea.

Crujen los pisos.

Desde el colchón de hojas secas surge el gemido.
Los hombres ya no son lo que quisieran ser.
Viven fatigados de tanta ilusión incumplida,
de tanto trajín falsamente insomne.

Ya no sueño con tres paredes de marihuana.
Y da igual el momento de la copa.
El sueño es uno y nada.

El sueño, revela el insomnio, yace en tu cama.