¿Cuánto de esto es amor, cuánto deseo? ¿Se pueden o no separar?

miércoles, 28 de agosto de 2013

Mentes

Pero no están en la ciudad los lugares comunes. Ni en el invierno de mujeres ni en mis dedos congelados por el frío. Ahora lo sé, lo sé porque estoy en el lugar. Pequeño paraíso doméstico. Ya lo siento aflorar desde el centro mismo de mi pecho. Sueño eternamente entre paredes que por una suerte de broma arquitectónica son cinco y no cuatro. Si fuera algunos años más viejo, si fuera algunos años más joven. ¿Qué voy a hacer entonces cuando la mañana destroce con su incandescencia reflejándose en una botella verde de vidrio y golpee el humo enquistado en mis paredes? Retrasar hasta el finito infinito el despertar. Hago la cuenta semi dormido. Quedan algo así como setenta y cinco despertares en esta cama, en estas cinco paredes. Setenta y cinco despertares son ciento doce horas semi conciente. Puedo ver los números en mi cabeza, pero quizás mi lógica invencible no cuenta con el factor sueño. Ciento doce horas de arrepentimientos y de promesas vacías. Las peores, las que uno se hace a sí mismo. No, en la ciudad no están los lugares comunes. La ciudad es el transcurso. El trayecto entre el colectivo y el trabajo, entre la promesa y el incumplimiento. Aunque es falso, en parte. Porque también sueño en el colectivo. No sueño cuando hablo, cuando busco trasmitir sensaciones intrasmisibles a mentes que duermen y no sueñan. Pero no sueño a la vuelta, no sueño porque el verdadero ejercicio está próximo. Y llega. Siempre llega el sueño. Y lo alimento al muy infeliz. Lo alimento de sueños ajenos, de expresiones que no son mías y que envidio hasta morir verde. Verde como la botella, verde y gris como las yemas de mis dedos. Aparece imprevistamente, escondido en un rincón de este cuarto en el cual aún me quedan setenta y cuatro días, ciento once horas y quince minutos. Lo alimento de notas y frustraciones. ¡Ah! Y si quieren venir, que vengan- grito riéndome- les presentaremos batalla. Pero no, algunos alimentos son peligrosos. Y el crece, crece en base a cualquier cosa. Crece gracias a una pequeña mente que ayer me ha dicho que el único camino es la revolución. Crece gracias a un espacio cedido por la dirección nacional electoral y por una película en la que un niño huérfano conoce el amor gracias a un perro. Y sufro porque sé que hoy no duermo. El sueño no va a dejarme. Pero siempre despierto. Siempre puntualmente entre las diez y las once y media de la mañana. Y volver a viajar, volver a sentarse detrás del escritorio, delante del pizarrón y de la mente pequeña. Hasta que una mente pequeña intrépida y hermosa me dice que la única solución es la revolución. Y me río por haber aprendido tanta ignorancia. Me río y quiero gritar- aunque la mente pequeña no entienda- que si quieren venir, que vengan.