Pero no están en la ciudad los lugares
comunes. Ni en el invierno de mujeres ni en mis dedos congelados por
el frío. Ahora lo sé, lo sé porque estoy en el lugar. Pequeño
paraíso doméstico. Ya lo siento aflorar desde el centro mismo de mi
pecho. Sueño eternamente entre paredes que por una suerte de broma
arquitectónica son cinco y no cuatro. Si fuera algunos años más
viejo, si fuera algunos años más joven. ¿Qué voy a hacer entonces
cuando la mañana destroce con su incandescencia reflejándose en una
botella verde de vidrio y golpee el humo enquistado en mis paredes?
Retrasar hasta el finito infinito el despertar. Hago la cuenta semi
dormido. Quedan algo así como setenta y cinco despertares en esta
cama, en estas cinco paredes. Setenta y cinco despertares son ciento
doce horas semi conciente. Puedo ver los números en mi cabeza, pero
quizás mi lógica invencible no cuenta con el factor sueño. Ciento
doce horas de arrepentimientos y de promesas vacías. Las peores, las
que uno se hace a sí mismo. No, en la ciudad no están los lugares
comunes. La ciudad es el transcurso. El trayecto entre el colectivo y
el trabajo, entre la promesa y el incumplimiento. Aunque es falso, en
parte. Porque también sueño en el colectivo. No sueño cuando
hablo, cuando busco trasmitir sensaciones intrasmisibles a mentes que
duermen y no sueñan. Pero no sueño a la vuelta, no sueño porque el
verdadero ejercicio está próximo. Y llega. Siempre llega el sueño.
Y lo alimento al muy infeliz. Lo alimento de sueños ajenos, de
expresiones que no son mías y que envidio hasta morir verde. Verde
como la botella, verde y gris como las yemas de mis dedos. Aparece
imprevistamente, escondido en un rincón de este cuarto en el cual
aún me quedan setenta y cuatro días, ciento once horas y quince
minutos. Lo alimento de notas y frustraciones. ¡Ah! Y si quieren
venir, que vengan- grito riéndome- les presentaremos batalla. Pero
no, algunos alimentos son peligrosos. Y el crece, crece en base a
cualquier cosa. Crece gracias a una pequeña mente que ayer me ha
dicho que el único camino es la revolución. Crece gracias a un
espacio cedido por la dirección nacional electoral y por una
película en la que un niño huérfano conoce el amor gracias a un
perro. Y sufro porque sé que hoy no duermo. El sueño no va a
dejarme. Pero siempre despierto. Siempre puntualmente entre las diez
y las once y media de la mañana. Y volver a viajar, volver a
sentarse detrás del escritorio, delante del pizarrón y de la mente
pequeña. Hasta que una mente pequeña intrépida y hermosa me dice
que la única solución es la revolución. Y me río por haber
aprendido tanta ignorancia. Me río y quiero gritar- aunque la mente
pequeña no entienda- que si quieren venir, que vengan.
miércoles, 28 de agosto de 2013
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