Hay cosas que dejan de existir caprichosamente
Hay otras que lo hacen porque así lo deben
Por todas aquellas cosas que no existen más
El fin de lo infinito
Existe un mundo compuesto por fragmentos, en ese mundo la totalidad es despreciada como el peor de los males, es más, aún uniendo todos los fragmentos de ese mundo no lograríamos armar siquiera una simple unidad heterogénea, sumamente diversa. Allí todo es una línea infinita, la simple idea de un círculo o un triángulo (aunque su bosquejo sea imperfecto) estremece al más valiente de sus habitantes. Los conceptos de vida y muerte no existen en este mundo, la vida es finita y la muerte es el fin. En el mundo de los infinitos fragmentos los conceptos de finitud y de fin no son permitidos, simplemente no pueden existir.
Existe algo sin embargo que lastima en lo más profundo de su ser (lo que en este mundo finito podríamos llamar alma) a los habitantes: Su mundo de infinitos y heterogéneos fragmentos se halla en una profunda relación de dependencia con el mundo de lo finito. Esta necesidad primordial asquea al mundo infinito, la mera idea de tratar con aquellos seres y sus ideas infinitas los repulsa. Es por eso que los encargados de tratar con lo finito no son habitantes comunes y corrientes, sino habitantes especialmente entrenados para no enloquecer ante la presencia de elementos cuasi-finitos, porque eso sí, el mundo de lo finito debe encargarse de que ninguna unidad completa sea vislumbrada por un trabajador especializado del mundo infinito. La tarea de los comerciantes del mundo de las unidades es encargarse de quitar todo vestigio de totalidad en los productos que entregarán. Así, los trabajadores de lo heterogéneo pueden soportar su despreciable tarea, convirtiendo las espantosas semi-totalidades (fragmentos con nauseabundas relaciones) en pedazos sin vínculo alguno.
Es a ese mundo donde, luego de los respectivos y protocolares procesamientos, van los recuerdos amorosos. Todos aquellos recuerdos que desean ser suprimidos son vendidos a sus antagónicos vecinos, quienes los reciben con júbilo, siempre y cuando hayan sido correctamente procesados. Los hombres poseen recuerdos bien demarcados que los atormentan, los infinitos toman esos recuerdos, los fragmentan y se alimentan.
Hace unos días, cuenta un noticiero eterno, un desquiciado sacudió la calma del tranquilo mundo infinito. El demente, ubicado en alguna parte de una fragmentada plaza, anunció con horribles gritos que el mundo de lo infinito se acercaba a su fin. Dibujando algo semejante a aquello que llaman círculo explicó que la excesiva acumulación de fragmentos finalmente (de nuevo esa terrible palabra) había derivado en la conformación inminente de una totalidad. Fuentes estatales informaron que aquel habitante era un ex-trabajador de la planta de procesos de recuerdos que había enloquecido, víctima de la constante exposición a las semi-unidades. El revoltoso fue confinado al espacio, aquella basta e infinita prisión. Sus horribles palabras fueron borradas y sus predicciones sepultadas. Sin embargo, algo que no puede ser descrito en lo finito de una palabra inquietaba a los infinitos.
Ahora mismo, imagino, mis recuerdos deben estar siendo procesados por los trabajadores de ambos mundos. Siendo separados, descuartizados para acabar con el dolor de tu partida. Y algo, algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar rigió los eventos futuros. Mis recuerdos fragmentados llegaron a destino, pero los infinitos no contaban con algo, yo había amado en demasía y con mucha frecuencia. Cientos de fragmentos amorosos míos alimentaban su mundo, y finalmente ese último recuerdo, el recuerdo de tu cuerpo desnudo en mi cama fue el nexo, el fragmento que completó la unidad, mi recuerdo preciso de tu pecho, de tu dulce y provocadora cadera, de tu lunar perfectamente redondo fue el fragmento que generó en aquel mundo la finitud y con ella el fin retrasado durante siglos.
Cuentan que el último infinito viaja en el vasto espacio, describiendo un círculo imperfecto, acercándose cada vez más a la perfección circular. El día que su órbita coincida con la perfección circular de tu lunar, el día que esa perfección sea alcanzada morirá el último de los infinitos.
domingo, 29 de noviembre de 2009
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Letheo
El décimo cigarrillo del día y el fuerte dolor de garganta me detienen un momento. Fumar ¿Qué es realmente fumar? Fumar es una desesperada búsqueda por reencontrase con aquella sensación que se sintió las primeras veces que el humo se deslizó en el interior de nuestro cuerpo. Que triste-pienso- Pero... ¿Qué es la vida sino una desenfrenada carrera por experimentar nuevas sensaciones? Desesperados buscamos nuevas mujeres para satisfacer el deseo ardiente de lo nuevo, de
seo que una vez satisfecho tornan a esas mujeres tan vacías y corrientes como las anteriores. Maldita, maldita vida, que con su monótona cotidianeidad despoja a los hombres de sus más dulces recuerdos, los primeros. ¿Puede acaso alguien explicar precisamente que sintió la primera vez que el dulce vino entró en su virgen boca? Respondo por esas millones de personas sin voz, no, solo les queda ahora una vaga idea de lo que ese delicioso néctar fue alguna vez, el vino que hoy toman no es más que una corrompida y putrefacta copia de aquella sublime y primera sensación. El mundo de las sombras, el mundo imperfecto, no es más que el mundo de las repeticiones. Y no existen originales ni copias, solo existen primeros y miles de vagos intentos por recuperar esos primeros.
Cuan equivocado estaba ese viejo filósofo griego; el Letheo, el verdadero y palpable río del olvido, no es algo mítico, no es una creación de los dioses, ese río, es la vida misma.
seo que una vez satisfecho tornan a esas mujeres tan vacías y corrientes como las anteriores. Maldita, maldita vida, que con su monótona cotidianeidad despoja a los hombres de sus más dulces recuerdos, los primeros. ¿Puede acaso alguien explicar precisamente que sintió la primera vez que el dulce vino entró en su virgen boca? Respondo por esas millones de personas sin voz, no, solo les queda ahora una vaga idea de lo que ese delicioso néctar fue alguna vez, el vino que hoy toman no es más que una corrompida y putrefacta copia de aquella sublime y primera sensación. El mundo de las sombras, el mundo imperfecto, no es más que el mundo de las repeticiones. Y no existen originales ni copias, solo existen primeros y miles de vagos intentos por recuperar esos primeros.Cuan equivocado estaba ese viejo filósofo griego; el Letheo, el verdadero y palpable río del olvido, no es algo mítico, no es una creación de los dioses, ese río, es la vida misma.
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